dieta cetogénica contra el cáncer VI

Dieta cetogénica contra el cáncer VI: fundamentos y dudas resueltas

Vamos a explicar un método práctico para calcular las necesidades de macronutrientes de cada persona que desee seguir una dieta cetogénica, primer paso para la elaboración de menús específicos.

Este es un post muy largo. Había decidido escribir en una sola entrada tanto la justificación y las bases de la dieta como los ejemplos de aplicación práctica, pero entonces el post sería kilométrico, así que he decidido partirlo en dos.

En este artículo explicaré los fundamentos prácticos de la dieta basados en todas las pruebas presentadas en los artículos anteriores de esta serie, así como los alimentos aconsejados y desaconsejados de cada grupo.

También daré las respuestas a algunas dudas bastante frecuentes que asaltan a quienes se plantean comenzar a seguir la dieta cetogénica.

En el siguiente artículo, que publicaré en cuestión de días, lo prometo ;), propondré por fin un ejemplo paso a paso para calcular los macronutrientes y planificar una dieta individualizada.

Recordando los objetivos perseguidos

Tal y como hemos explicado en el resto de artículos de esta serie, nuestro objetivo es disminuir al mínimo la glucosa circulante e incrementar los cuerpos cetónicos, señal inequívoca de que el cuerpo habrá cambiado a otro estado metabólico donde en vez de ser la glucosa el principal medio de obtención de energía, pasan a ser los ácidos grasos y los cuerpos cetónicos los combustibles primordiales. De esa manera, el tumor se ve obligado a pasar hambre.

Otras dietas cetogénicas estándar

Las dietas cetogénicas estándar empleadas hasta ahora para otras enfermedades como, por ejemplo, la epilepsia refractaria, adolecen de una ausencia de individualización.

Se basan en rangos de calorías y en ratios genéricos de macronutrientes (dietas para 1200, 1400 o 1800 calorías, ratios de grasas/proteínas +carbohidratos de 4/1 o de 3/1), que pueden ser muy válidos para algunos enfermos pero no para otros.

Si bien esas dietas tienen la ventaja de su rapidez de aplicación y han demostrado ser efectivas, creo que dejan escapar la oportunidad de hacer un ajuste aún más preciso, que dependerá de las características físicas individuales de cada enfermo.

Principios de la dieta propuesta

Hemos demostrado también que es tan importante el consumo total de calorías como la distribución porcentual de los macronutrientes, y que el ayuno es un poderoso potenciador del sistema inmune, que induce un estado de shock en el tumor.

Emplearemos estos y otros ingredientes ya explicados en otros artículos para confeccionar una dieta que cumple con las siguientes normas:

  • Provee al organismo el mínimo preciso de ciertos macronutrientes indispensables (usando alimentos con propiedades adicionales que ayuden a luchar contra el tumor) y en una combinación que imita lo más posible los efectos del ayuno y la cetosis que éste conlleva.
  • Supone la ingestión de un mínimo de calorías, una restricción calórica que maximiza el nivel de cuerpos cetónicos y el shock al tumor.
  • A pesar de que puede ser inevitable en las primeras etapas de la dieta, el hambre se reduce significativamente, hasta desaparecer, en etapas posteriores.

NOTA: debo dejar claro que el propósito de esta dieta es terapéutico, y su fin es luchar contra una enfermedad como el cáncer, razón por la cual no es conveniente que se use con fines puramente estéticos: en ese caso bastaría con seguir la simple norma de disminuir o eliminar ciertos carbohidratos de la dieta y quienes lo hagan adelgazarán disfrutando a la vez de la comida sin estar atados a una tabla de cálculo.

Pero los enfermos de cáncer son otro cantar: la dieta es una terapia que pretende luchar contra el tumor induciendo un cambio metabólico profundo, razón por la cual es necesario medir con exactitud tanto la dosis de la ‘terapia’ como sus efectos, tal y como se haría con cualquier medicamento.

Necesidades mínimas del organismo que hay que cubrir

Necesidades mínimas de glucosa

Hemos dicho en otros artículos que, una vez alcanzado el estado de cetosis, el organismo tiene aún unas necesidades mínimas de glucosa que sirven para nutrir aquellas células que carecen de mitocondria, como es el caso de los glóbulos rojos o de algunas células del sistema nervioso central.

El cuerpo se las arreglará para alcanzar esas necesidades mínimas de glucosa tanto si ingerimos hidratos de carbono como si no, porque esas células sin mitocondria podrían morir y son vitales.

Mediante la gluconeogénesis, el hígado degradará parte de las proteínas ingeridas o procedentes de los músculos y también el glicerol que procede del metabolismo de los triglicéridos. Así, aunque no se ingiera ningún carbohidrato, el cuerpo mantendrá un nivel mínimo de glucosa indispensable para la vida.

[quote]La primera regla que debemos atender es: ya que el organismo necesita una pequeña cantidad de glucosa en cetosis, asegurémonos de que se la proporcionamos nosotros mediante la ingesta de ciertos carbohidratos que, adicionalmente, posean propiedades beneficiosas para el organismo.[/quote]

Necesidades mínimas de proteínas

Recordemos que el ayuno es un beneficioso mecanismo que mejora la eficiencia de la insulina, incrementa la actividad inmune y supone un duro shock para el tumor, obligado como está a pasar hambre, al negársele sus mecanismos metabólicos basados exclusivamente en glucosa y glutamina.

La grasa acumulada por un hombre medio pueden aprovisionarle de energía durante semanas o meses, y se conocen casos de obesos mórbidos que permanecieron un año sin ingerir alimentos, nutriéndose tan sólo de sus reservas de grasa, una vez pulsado el interruptor que cambia el metabolismo desde uno basado en la glucosa a uno basado en los ácidos grasos y los cuerpos cetónicos.

Pero el problema del ayuno (o de una dieta que imite sus efectos) lo representa el gasto de proteínas: el cuerpo se ‘desgasta’ y necesita un aporte mínimo diario de ‘ladrillos’ con los cuales reponer esas estructuras (músculos, piel, huesos, vísceras, sistema inmune), que se van desgastando por el uso.

Así, el límite del ayuno no lo impone el hambre, sino la pérdida intolerable de masa estructural que conduce a una situación insostenible.

Por otra parte, el cuerpo tiene muy poca capacidad de almacenar los aminoácidos ‘sobrantes’, que no se necesitan para reconstruir más tejidos, de manera que casi todo lo que no se usa se transforma en glucosa.

[quote]La segunda regla que debemos atender es: hay que proporcionar al cuerpo la cantidad indispensable de proteínas para que reponga los sistemas desgastados y evitar una pérdida de funciones vitales, pero no tanta como para que el exceso se transforme en glucosa.[/quote]

En este punto es donde radica realmente la clave y la dificultad en la elaboración de la dieta: en el cálculo preciso de las proteínas que hay que consumir.

Hidratos de carbono

Como ya hemos explicado anteriormente, los hidratos de carbono son los principales suministradores de glucosa.

Nuestra gastronomía diaria se basa, cada vez más desde hace unas décadas, en los hidratos de carbono de alto índice glucémico procedentes del grano. Nuestra economía depende de que se consuma, constantemente, la cantidad de grano suficiente como para asegurar el beneficio de quienes se dedican a cultivar, recoger, refinar, trasformar, envasar y distribuir las gigantescas cosechas de las que depende buena parte de la economía global (y con la que los especuladores de turno obtienen cuantiosas ganancias).

Si observamos la base de la pirámide alimenticia actual ‘ideal’, veremos que las ‘autoridades’ nutricionales aconsejan que nuestra alimentación consista, hasta casi un 70%, en cereales: trigo, arroz, soja, maíz. Y no es casualidad que estos cultivos, mucho más rentables económicamente, mucho más sencillos de cultivar y trasladar que cualquier otro alimento, constituyan la base, también, de la economía alimenticia.

El proceso no es: ‘resulta beneficioso, por lo tanto cultivémoslo’, sino: ‘digamos que es beneficioso aquello que más nos interesa económicamente cultivar’. En ese hecho puede radicar la devastadora epidemia de obesidad, diabetes, hipertensión, enfermedades degenerativas, enfermedades autoinmunes y otras como el cáncer que asolan la civilización occidental.

A diferencia de las necesidades calóricas y de proteínas, con rangos de variación individual muy grandes, la cantidad requerida mínima de glucosa presenta una media con menor grado de dispersión individual. Es decir, no depende tanto de la corpulencia, sexo o actividad física de la persona y es bastante más constante.

No obstante, hay que recalcar que las cantidades consignadas aquí reflejarán datos medios que pueden presentar ciertas desviaciones individuales. La única manera de ajustar con exactitud las cantidades de macronutrientes finales será mediante mediciones sanguíneas y constantes ajustes que el paciente deberá llevar a cabo a lo largo de algunas semanas.

A continuación, unos párrafos con la justificación de las cantidades mínimas de glucosa que necesita el organismo, en cursiva por si prefieres saltarte esta teoría un poco ardua.


Al aplicar la dieta occidental, llena de glucosa, el cuerpo tiene a su disposición toda la que necesita (unos 160 gramos, de los cuales 120 van al cerebro) y es ella su principal sustrato metabólico.Por el contrario, durante la dieta cetogénica, la ingestión total de glucosa suele ser menor que la mínima necesaria una vez alcanzada la cetosis (unos 75 gramos, de los cuales unos 40 gramos van al cerebro) y el organismo utiliza en parte la gluconeogénesis para asegurarla, mediante el reciclaje de productos metabólicos de desecho.

Los principales sustratos metabólicos con los que el hígado y riñones sintetizan glucosa mediante la gluconeogénesis son (por orden de preferencia) el lactato, el piruvato, el glicerol y los aminoácidos libres.

El lactato y el piruvato son productos de desecho procedentes, sobre todo, de la glucólisis de músculos y eritrocitos. En realidad, la gluconeogénesis es una especie de reverso de la glucólisis y comparte con ella varios pasos reversibles, aunque tres de ellos no lo son, y explican el porqué la gluconeogénesis necesita de cierto aporte de energía, mientras que la glucólisis la produce.

Por tanto, la cantidad de glucosa procedente de la gluconeogénesis del lactato y el piruvato siempre será menor que la cantidad de glucosa que inicia el proceso inverso de glucólisis para obtener esa cantidad de lactato y piruvato.

Pueden obtenerse, aproximadamente, unos 35-40 gramos al día de glucosa mediante la gluconeogénesis de lactato y piruvato. Como ésa es, aproximadamente, la cantidad de glucosa que necesitan aquellos tejidos que sólo metabolizan glucosa a excepción del cerebro, podemos centrarnos, a efectos de simplificación del cálculo, en las necesidades de glucosa del cerebro en cetosis (unos 40 gramos al día) y olvidarnos del lactato y el piruvato.

El glicerol se obtiene tras la hidrólisis de los triglicéridos, bien los almacenados en el tejido adiposo, bien los suministrados por la dieta. Los triglicéridos se catabolizan en un 90% en ácidos grasos y en un 10% en glicerol, que se traslada al hígado para convertirlo en nueva glucosa, y la cantidad total de glicerol dependerá de la tasa metabólica.

Una vez bien establecida la cetosis de una dieta cetogénica, donde el metabolismo principal corre a cargo de las grasas, sabemos que éste supone aproximadamente un máximo del 93% de todo el consumo metabólico.
Eso quiere decir que, para un hombre con unas necesidades calóricas diarias medias de 2800 calorías, unas 2600 procederán de las grasas en cetosis. Por tanto, metaboliza el día aproximadamente unos 260 gramos de grasa (bien de la ingerida, bien de la corporal o de ambas). Como un 10% de esa cantidad produce glicerol y éste se transforma casi al 100% en glucosa, obtendríamos como metabolito secundario de la oxidación de los lípidos unos 26 gramos diarios de glucosa.

Nos quedarían 14 gramos hasta alcanzar los 40 mínimos necesarios (redondeemos a 15).

La tercera vía de la gluconeogénesis la constituyen los aminoácidos libres. El cuerpo tiene muy poca capacidad para albergar un pool de almacenamiento de aminoácidos, así que éstos, o bien son utilizados casi inmediatamente o se metabolizan de nuevo en forma de glucosa. Dichos aminoácidos pueden provenir bien de las proteínas de la dieta o bien de la degradación de las proteínas musculares.

Ambos casos son desaconsejables. El primero porque el metabolismo de las proteínas produce desechos que presentan cierta toxicidad y el segundo porque la conservación de la masa muscular es muy importante.

Por ello la cantidad ideal de carbohidratos a consumir para asegurar que proveemos al cuerpo de esa pequeña porción de glucosa que necesita y que no se vea obligado a degradar músculo para obtenerla, serían los que asegurasen unos 15 gramos adicionales al día de glucosa.

Consideremos, debido a las diferencias normales que una dieta puede albergar (esto no es matemática pura, hablamos de cálculos medios), que necesitaremos proveernos de entre 10 y 20 gramos de glucosa mediante carbohidratos beneficiosos.

¿Qué carbohidratos es aconsejable consumir?

Entre 10 y 20 gramos de glucosa puede parecer muy poco alimento, y realmente lo sería si usásemos ciertos carbohidratos refinados basados en azúcar, almidones y harinas (da igual que sean integrales o no).

Con entre 15 y 40 gramos de pan, arroz, azúcar o pasta sobrepasaríamos fácilmente y de una sentada ese nivel. No sólo eso, sino que al ser alimentos de alto índice glucémico, su consumo provocaría que la glucosa entrase rápidamente en el torrente sanguíneo, induciendo un incremento proporcional de los niveles de insulina, y ya hemos visto qué consecuencias tiene eso para el cuerpo y el tumor.

Sin embargo, para asegurarnos esa cantidad de glucosa habría que consumir una cantidad estimable de verduras, setas o algas (los carbohidratos aconsejados).

Algunas, como las coles, la lechuga, el apio, la espinaca o la berenjena aportan un máximo de 5g de carbohidrato y, por tanto, de glucosa, por cada 100 gramos de alimento. Pesad 100 gramos de espinaca y veréis que resulta un plato muy estimable.

Hemos dicho que aunque no comiéramos hidratos de carbono en absoluto el cuerpo se las arreglaría para obtener la parte mínima de glucosa que necesita mediante la degradación de proteína y algo de grasa y que, por tanto, es mejor asegurarnos de que le proveemos esa pequeña porción nosotros.

¿Por qué?

Por una parte, porque las proteínas son valiosísimos macronutrientes cuyo principal cometido es reponer las estructuras celulares y no servir como fuentes de energía. Por otra, porque al ingerir determinados carbohidratos permitidos, ingerimos también beneficiosas vitaminas, minerales y fitoquímicos que están demostrando un poderoso efecto antitumoral. Puede parecer que escribir acerca de esta dieta me convierte en un anti-hidratos, pero lo cierto es que sólo me convierte en anti-grano.

Además, aconsejo encarecidamente que las verduras que se consuman procedan de cultivos ecológicos.

¿Por qué?

Pues porque una de las propiedades más beneficiosas del consumo de verduras, los fitoquímicos con efectos ‘quimioterápicos’, presentan concentraciones mayores, hasta en varios órdenes de magnitud, en alimentos orgánicos (si habéis visitdo alguna tienda que venda esos productos veréis que no tienen ese aspecto simétrico, lustroso y rotundamente artificial de las frutas y verduras que acostumbramos a comprar en supermercados convencionales).

Los suelos en que se cultivan los productos ecológicos son ricos en nutrientes, y eso implica que las plantas que crezcan en ellos también serán mucho más ricas en vitaminas, minerales y oligoelementos si los comparamos con el mismo peso de alimento no orgánico.

Además, no se utilizan pesticidas para la protección de los cultivos orgánicos. De por sí este hecho ya es muy importante pero, además, hay que considerar que los fitoquímicos de las plantas no son sino intentos de éstas por segregar sus propios ‘pesticidas’ internos que ahuyenten a los parásitos y que una planta a la que se le aplican pesticidas externos no ‘necesita’ segregar los suyos propios y, como resultado, una planta cultivada por medios convencionales tiene una cantidad mucho menor de fitoquímicos que una cultivada por medios ecológicos.

De esa manera, al consumir una cantidad equivalente de verduras orgánicas, obtenemos la misma cantidad de glucosa, pero niveles muchísimo mayores de elementos que nos proporcionarán una ayuda adicional en la pelea contra el cáncer. No se trata de cantidad, como siempre, sino de calidad y racionalidad a la hora de saber qué y cómo consumir.

Sé que lo que aconsejo es más caro. Hemos llegado a un punto donde lo natural es más caro que lo ‘artificial’, pero si hay que invertir en salud mejor hacerlo con cabeza, racionando lo que se come pero usando alimentos de la mayor calidad.

Respecto a las frutas: son concentrados de fructosa que no suelen ayudar a alcanzar la cetosis, al menos en los primeros estadios, así que hay que consumirlas con moderación y NUNCA en zumos. La única e importantísima excepción la constituye el zumo de limón, tal vez la fruta más potente y beneficiosa, con muy poca carga glucémica: tomar un par de limonadas diarias (el zumo de un limón en un vaso de agua) endulzadas con stevia pura, constituye una excelente práctica (sólo ese edulcorante está permitido, y sólo el puro, no las marcas comerciales de supermercados, porque no incrementa la glucemia: hablaremos en otros artículo de ella).

Por tanto, como resumen de la primera recomendación de la dieta:

[quote]Consumir verduras, setas y/o algas de cultivo ecológico de manera que el consumo diario total aporte entre los 10 y los 20 gramos de hidratos de carbono (el porcentaje de hidratos de carbono respecto al peso total de alimento variará de uno a otro).

Consumir frutas con mucha moderación, preferentemente zumo de limón y frutas del bosque.[/quote]

Proteínas

Como hemos visto, las proteínas son los ladrillos del cuerpo, y constituyen el único macronutriente totalmente imprescindible (junto con un par de ácidos grasos).

Si se consumen en exceso, el cuerpo carece de un sistema de almacenamiento (o ‘pool’) de aminoácidos (los componentes de las proteínas), de manera que todas las proteínas no usadas para reconstruir tejidos dañados se transformarán en glucosa. Si se consume una cantidad menor que la que necesita el cuerpo, se producirá un desgaste progresivo y una pérdida de masa muscular. Esa es la razón por la cual el cálculo de las proteínas necesarias es tan importante y debe hacerse de manera precisa.

Hay estudios que confirman la importancia de mantener una ingesta adecuada de proteínas durante toda la vida con el fin de que no se produzca un desgaste progresivo de nuestros órganos, pero también existen estudios que sitúan a las proteínas en un ‘término medio’ como promotoras del cáncer, con los hidratos de carbono como ‘malvados’ de la película (la incidencia es proporcional a la cantidad consumida) y las grasas como ‘héroes’ (el incremento de consumo de grasa no guarda relación con un incremento en la tasa de cáncer).

Las proteínas deben consumirse en su justa medida para aprovechar todas las ventajas de un cuerpo que se repone adecuadamente y evitar los inconvenientes de la glucosa añadida que acarrea su consumo excesivo.

Más tarde veremos que lo difícil es conocer con precisión cuál es esa cantidad justa de proteínas que debe consumirse.

Hace tiempo se creía que casi la mitad de todas las proteínas ingeridas, sin importar su cantidad, se transformaban en glucosa, algo contraintuitivo teniendo en cuenta la dificultad que la naturaleza tiene de sintetizar cada gramo de proteína y lo necesaria que resulta para reponer tejidos.

Pero experimentos recientes han puesto en duda esa teoría y demuestran que el cuerpo intenta aprovechar al máximo con fines estructurales las proteínas ingeridas, y sólo las metaboliza a glucosa cuando el exceso le impide reponer la estructura de más tejidos.

En otras dietas el cálculo se basa en las calorías consumidas, pero la realidad es que el factor clave lo marcan las necesidades precisas de proteínas para no incrementar los niveles de glucosa y, a la vez, permitir que se repongan adecuadamente las estructuras de los tejidos dañados.

Tradicionalmente se han identificado las dietas cetogénicas con dietas hiperproteicas. Si bien es verdad que algunas dietas hiperproteicas, como la dieta Dukan, pueden ser cetogénicas y ésa es la razón por la cual producen una pérdida de grasa, no todas las dietas cetogénicas son hiperproteicas.

De hecho, la dieta que proponemos aquí supone consumir incluso una menor cantidad absoluta de proteínas que con algunas dietas convencionales. La principal diferencia estriba en el consumo de carbohidratos (tanto en cantidad como en tipo), por lo que, para ser exactos, las dietas cetogénicas más útiles se definen como dietas muy bajas en hidratos de carbono o low-carb.

El cálculo de las necesidades proteicas de cada individuo es el factor clave de la dieta y el más complicado de obtener, porque no se basa en el peso corporal total, sino en el peso magro, es decir, el total menos el peso de grasa.

Para calcular las necesidades proteicas debemos, en primer lugar, calcular dicho peso magro y aplicar factores de corrección que dependerán del sexo, constitución y nivel de actividad física del enfermo.
El proceso es un poco complejo, así que lo explicamos en el siguiente artículo, mediante un par de ejemplos concretos.

¿Qué fuentes de proteínas son las mejores?

Como ya he comentado en un artículo dedicado a los ácidos grasos omega3, la mala fama de la carne tiene que ver, sobre todo, con la miserable crianza a la que se ven sometidas las reses, que provoca que la carne contenga intolerables niveles de antibióticos y hormonas, amén de un balance descompensado entre ácidos grasos omega 3 y omega 6.

La solución: de nuevo, tal y como aconsejaba en el apartado dedicado a los hidratos de carbono, consumir carnes procedentes de crianzas ecológicas, sin apenas interferencias artificiales y con ganado que obtiene su comida en pastos abiertos: vacuno, cerdo, pavo, pollo, caza (jabalí o ciervo) son excelentes fuentes de proteínas mientras procedan de crianzas ecológicas.

Respecto a los pescados existen problemas similares: algunos, como los salmones criados en piscifactorías, presentan deficientes balances de ácidos grasos omega 3 y 6, de manera que dejan de ser buenas fuentes de los saludables omega3.

Las tradicionales fuentes de omega 3 de pescados azules están, en niveles intolerables, envenenados con mercurio, y su consumo masivo no es aconsejable, sobre todo en especies grandes, que acumulan los niveles de los animales que cazan.

La solución: acudir a pescados pequeños, fuentes humildes pero extraordinariamente interesantes como la sardina o, sobre todo, la caballa, uno de los más baratos y con mayores niveles de omega 3. O consumir pescado blanco y suplementar con aceite de pescado (algo que, de todas formas, como aconsejo en este artículo, deberíamos hacer siempre).

Y consumir también marisco, crustáceos y moluscos, que son excelentes fuentes de proteínas.

Los quesos grasos son fuentes de grasas saludables, pero también de proteínas de muy alto valor biológico.

Y no podemos olvidarnos de uno de los más difamados: el huevo. Una fuente magnífica de proteínas que ha soportado el sambenito de incrementar el colesterol durante décadas, algo que es falso por partida doble: ni incrementa el colesterol que realmente es perjudicial, ni el colesterol es el villano que han intentado vendernos durante décadas, como comento en el anterior artículo de esta serie.

Grasas

Las grasas son la mejor fuente de energía metabólica, además de servir como señalizadores en importantes procesos bioquímicos o con fines estructurales para formar membranas celulares.

Tradicionalmente han sido el villano de esta película lamentable en la que el mundo se encuentra inmerso desde hace decenios pero, al igual que sucede con cualquier otra de las incontables manipulaciones a las que nos someten los poderes corporativos o financieros (los verdaderos amos del mundo), ese hecho no se sostiene a la luz de los datos.

Lo que es beneficioso nos ha sido vendido como perjudicial, y viceversa. Una realidad obscena, posible debido a que los psicópatas mandan en todas las capas del poder real y porque existe un lobby del hidrato de carbono, pero no un lobby de las grasas.

La verdad es justamente la contraria: las grasas son potentes aliados de la salud, y sólo debemos evitar aquéllas que durante decenios han sido promovidas como saludables, mientras que grasas tradicionalmente adscritas por los gurús alimentarios a hábitos saludables no lo son en absoluto.

¿Qué grasas debo y no debo consumir?

Debemos evitar:

  • Grasas trans (artificiales), de productos como la margarina y la inmensa mayoría de productos industriales (galletas, galletitas, snacks, aperitivos, bollería y, en general, casi cualquier comestible que se venda en los pasillos centrales de un supermercado y que un antepasado de hace cientos de años no reconocería como comida)
  • Grasas llenas de omega 6 proinflamatorio como el aceite de girasol. Evitar también consumir en exceso cierto tipo de frutos secos como las nueces.

Podemos consumir:

  • Grasas saturadas (presentes en alimentos proteicos como carnes, huevos, mantequilla o quesos grasos, así como en coco o aceite de coco)
  • Grasas monoinsaturadas (en aceite de oliva, aguacates y ciertos frutos secos como nuez de Macadamia, avellana y almendra, recordando que los frutos secos tienen también carbohidratos y no hay que consumir más de 40 gramos al día)
  • Grasas poliinsaturadas Omega 3 (en aceite de pescado, pescado, mariscos o algas)
    La cantidad de grasas, como ya hemos comentado, será el comodín que nos permitirá ajustar más o menos las calorías ingeridas, una vez sepamos la cantidad de hidratos de carbono y proteínas que debemos consumir y que (estos sí) deben calcularse con exactitud.

En el siguiente artículo veremos un par de ejemplos para calcular las necesidades específicas de grasa diarias.

Algunas dudas habituales respecto a la dieta cetogénica

¿Cuántas veces hay que comer al día? ¿Cómo repartir esas necesidades de macronutrientes?

Los expertos nutricionales de los últimos tiempos aconsejan comer ‘poco y a menudo’.

Me gustaría saber cómo habrían recibido nuestros antepasados paleolíticos, aquellos que forjaron nuestros genes modernos, ante semejante consejo, teniendo en cuenta que su comida habitual era, ‘a menudo’, bastante reacia a dejarse cazar y saltar al plato. ‘A menudo’ nuestros antepasados comían cuando podían y se atracaban cuando su comida se dejaba atrapar.

Lo cierto es que las recomendaciones de comer poco y a menudo proceden de una gastronomía basada en la glucosa: ante los picos de insulina y las subidas y bajadas de glucosa que una dieta basada en el grano provoca, la única manera de sortear este problema sin aconsejar otro tipo de dieta es comiendo ‘a menudo’ pequeños bocados, con el fin de que los niveles de glucosa permanezcan constantes. Es una tarea constante de alimentar una máquina basada en el combustible más perecedero en vez de en el más adecuado.

Pero existe otra manera: hacer que el metabolismo pase a otro en ‘modo grasa’, de manera que exista un acceso directo constante a las reservas del panículo adiposo y la glucosa permanezca estable de manera natural.

No hace falta, por tanto, comer tan a menudo una vez establecida la cetosis, puesto que el cuerpo no necesita un suministro externo constante de combustible: tiene todo el que necesita con las reservas grasas almacenadas a las que por fin tiene acceso, y podemos recuperar las tres comidas al día (el desayuno-comida-cena de toda la vida), o bien saltarnos alguna o retrasarla si aún no tenemos hambre.

El picoteo, destinado a paliar la hipoglucemia leve ocasional, se termina cuando el cuerpo tiene acceso directo, una vez los niveles de insulina descienden drásticamente durante la cetosis, a otro combustible más eficiente.

¿Pasaré mucha hambre? ¿Disminuirá ésta en algún momento?

Durante los primeros días de la dieta el cerebro pide a gritos su ‘chute’ de glucosa, pero lo va obteniendo de las reservas de glucógeno en músculos e hígado.

Una vez pasados dos o tres días, cuando la droga deja de fluir y el cerebro protesta, el cuerpo trata de acomodar todo su metabolismo a la nueva situación. Hasta que eso sucede del todo, y mientras el cuerpo comienza a quemar cada vez mayor cantidad de grasa, se puede pasar hambre, asociada sobre todo a la restricción calórica.

Pero conforme pasan los días suceden varias cosas: el cuerpo termina por pasar enteramente el ‘modo grasa’ y el acceso al panículo adiposo, con sus grandes reservas, hace que el organismo pueda obtener energía de manera interna sin necesitar tan perentoriamente el suministro constante del combustible externo.

Una vez pasadas dos o tres semanas, casi todos los que ayunan o siguen dietas muy estrictas relatan que el hambre disminuye extraordinariamente o desaparece, incluso consumiendo una cantidad significativamente menor de calorías que antes.

Si a eso añadimos que la dieta cetogénica imita al ayuno pero proporciona, evidentemente, nutrientes externos para paliar el desgaste estructural, y que el metabolismo basal desciende conforme quemamos grasa, llega un momento en que las calorías consumidas se igualarán a las metabolizadas y el hambre desaparecerá.

Tal vez haya que lidiar más penosamente con el ‘hambre psicológica’, esa sensación aprendida de que hay que comer cada cierto tiempo y con el deber de evitar las tentaciones suculentas que en el pasado consumíamos sin contemplaciones y que nos atacarán a la vista sin piedad.

Mientras que el hambre física cesa con el tiempo, el hambre psicológica y las tentaciones visuales sólo pueden ser afrontadas con fuerza de voluntad.

¿Sobrecarga el riñón o el hígado? ¿Produce piedras?

Este tipo de mitos son los que tienden a enfadarme más.

Mientras que nadie parece comprender el peligro de las dietas occidentales o incluso de la típica dieta ‘ideal’ aconsejada por expertos, cuyo impacto en la salud parece más que evidente a la luz de las estadísticas y de la epidemiología, cada nueva dieta es usada por los medios de comunicación como un medio de infundir temor a la población y que permanezca en el redil nutricional de toda la vida.

‘La dieta asesina’, he llegado a leer en uno de tantos blogs que atacan la dieta cetogénica como si fuera obra del diablo. Sobrecarga el hígado. Produce piedras.

No existe un solo estudio serio que demuestre que la dieta cetogénica perjudica seriamente el organismo.

Sólo hay estudios que demuestran que tiende a elevar el nivel de colesterol pero, como ya expliqué en un artículo anterior, la realidad es más compleja y los niveles sanguíneos que realmente importan y muestran el estado general de salud sí mejoran ostensiblemente.

Una persona con insuficiencia renal o hepática puede tener ciertos problemas al metabolizar las proteínas,
pero eso sucederá en cualquier dieta y no habrá sido producida por ésta, sino que será una condición previa de quien la adopte.

Tampoco se ha demostrado que exista relación entre la dieta cetogénica y una mayor incidencia de piedras en el riñón, sobre todo teniendo en cuenta que la cantidad de proteínas que propondremos en esta serie de artículos es similar a la que se consume con una dieta convencional.

¿Hay que beber más durante la dieta? ¿Es cierto que una gran parte del peso que se pierde puede ser de agua?

Sí. Eso es cierto. La dieta induce un incremento en la excreción de líquidos, pero se soluciona de forma tan sencilla como bebiendo más agua. El cuerpo nos avisará con ese proceso tan antiguo llamado sed y no hay demasiado riesgo de que nos deshidratemos.

La reflexión que me hago es que esa pérdida de líquidos puede tomarse como una oportunidad para que los riñones efectúen de manera más frecuente y eficiente su labor como eliminadores de impurezas a través de la orina: anula la retención de líquidos y de productos metabólicos de desecho, permitiendo que se drenen y expulsen del organismo.

Tal vez ese hecho no signifique que se pierda demasiado líquido, sino que estamos acostumbrados a retener demasiado. Tal vez, como tantas otras veces, lo que nos parece habitual resulta no ser ni lo natural ni lo más aconsejable.

¿Puede aplicarse la dieta a la vez que los tratamientos convencionales?

Estudios con ratones, y algunos casos reales con humanos arrojan buenos resultados y confirman las sospechas de que la dieta cetogénica incrementa la toxicidad de la quimio y la radioterapia en las células tumorales y retrasa la aparición de recidivas, sobre todo cuando se establece una fuerte reducción calórica que imite al máximo los efectos del ayuno.

Thomas Seyfried recomienda una dieta que no sobrepase las 600 calorías durante el tiempo de aplicación de la quimio. Eso induce un shock extremo en el tumor que lo hará más vulnerable al tratamiento convencional.

Es evidente que no todo el mundo puede soportar un régimen tan estricto. En este blog yo no puedo aconsejar una medida que nadie sabe con certeza si va a surtir efecto, pero sí puedo aconsejar que se siga una dieta cetogénica aunque la restricción calórica no sea tan extrema y el aporte calórico total sea superior.

En el siguiente artículo propondré valores de restricción bastante llevaderos, que darán como resultado unas calorías diarias bastante más bajas que las medias de consumo actuales, pero suficientemente altas como para asegurar una correcta provisión de macro y micronutrientes y que la dieta pueda seguirse sin problemas a largo plazo.

¿Y qué pasa con la caquexia en algunos estadios de la enfermedad? ¿Cómo puede aplicarse esta dieta con tan pocas calorías?

Algunas personas pueden pensar que no tiene sentido ‘hacer dieta’ cuando la enfermedad provoca una caquexia de mayor o menor severidad. Que el paciente debe ‘comer’ lo suficiente.

Es lo que los médicos siguen aconsejando la mayoría de las veces a los enfermos: la misma dieta occidental ‘ideal’ que nos ha traído hasta aquí, rebosante de hidratos de carbono y grano, cegados aún por la incapacidad de hacer cosas diferentes, hasta finalizar con inyecciones intravenosas de glucosa que no son sino una forma, supongo que involuntaria, de eutanasia.

Lo único que consigue la dieta occidental es introducir en el torrente sanguíneo una glucosa que va directamente al tumor y no al cuerpo sano, ayudada por los altos niveles de insulina. Y eso sucederá sin importar las calorías que se ingieran. De hecho, a mayor cantidad de calorías procedentes de esa dieta, mayor probabilidad de que el tumor siga expandiéndose.

Si, por el contrario, comemos de manera que el cuerpo aproveche las reservas de grasas o las grasas consumidas, estaremos nutriendo el organismo sano (repito de nuevo que éste es capaz de usar los cuerpos cetónicos y los ácidos grasos como combustible), de manera que sí tendrá oportunidad de usar los nutrientes pero el tumor no lo tendrá tan sencillo para continuar con su festín.

Y esto sucederá a pesar de que la cantidad de calorías ingeridas sean sustancialmente menores que con una dieta convencional. La cantidad no es el factor determinante, sino la calidad, sobre todo en un cuerpo enflaquecido que no necesita un aporte calórico excesivo.

En el siguiente post presentaré por fin un par de ejemplos de aplicación práctica de la dieta, y usaré los conceptos presentados en el presente artículo para comenzar a planificar menús específicos e individualizados.

41 Comments

  1. isabel 22 octubre, 2013
    • Alfonso Fernández 23 octubre, 2013
    • isma 29 marzo, 2017
      • Alfonso Fernández 30 marzo, 2017
  2. sol beatriz arroyave fernandez 22 octubre, 2013
    • Alfonso Fernández 23 octubre, 2013
  3. Juanma 23 octubre, 2013
    • Alfonso Fernández 23 octubre, 2013
      • Juanma 24 octubre, 2013
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  4. Toni Mazón 23 octubre, 2013
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  5. Manuela 23 octubre, 2013
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  6. Gala 25 octubre, 2013
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  7. Eloy 25 octubre, 2013
    • Alfonso Fernández 26 octubre, 2013
  8. Walter 27 octubre, 2013
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  9. emilia 27 octubre, 2013
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  11. nerjeño 29 octubre, 2013
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  12. Celedonio 29 octubre, 2013
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  14. Germán 13 marzo, 2014
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  17. cristina vergara 6 junio, 2016
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