el cáncer como enfermedad metabólica
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El autor de este blog

El autor de este blog

Me llamo Alfonso Fernández y en este prólogo intentaré explicar porqué alguien que no es médico puede atreverse a escribir un blog como éste: un producto del choque entre, por una parte, la enfermedad de mi mujer y la realidad médica y, por otra, mi personalidad y bagaje.

Soy un Ingeniero Industrial con estudios de posgrado en Cálculo de estructuras, Marketing y Analítica digital. He desempeñado trabajos como ingeniero y en otras profesiones de diversa índole: ilustrador, diseñador, programador, Jefe de proyecto, Analista digital o Director de Marketing.

También he sido emprendedor y he dirigido durante 5 años una Startup de base tecnológica que estuvo a punto de triunfar ofreciendo productos disruptivos a nivel europeo, relativos al mercado laboral. “Estar a punto de triunfar” es un eufemismo de “fracasar”, pero estoy muy orgulloso del recorrido y de la lucha que tuve que emprender, porque de ellos obtuve un aprendizaje clave que he podido trasladar a muchos otros ámbitos.

Mi enfoque de la vida ha sido siempre multidisciplicar, combinativo, sintético, analítico y de mente abierta, incapaz de asumir lo establecido sin preguntar el porqué, en búsqueda constante de la comprensión de los mecanismos ocultos en cualquier actividad, y de soluciones creativas que maximicen la eficacia en la consecución de los objetivos.

Soy un ingeniero que ha trabajado como artista, analista y gestor y que, por lo tanto, está acostumbrado a la incertidumbre, la complejidad y la ambigüedad; a las ideas abstractas pero también a las tareas ‘en el barro’ y la necesidad de tomar decisiones prácticas basadas en datos incompletos, usando medidas creativas e inesperadas, pero siempre fundamentadas en datos objetivos e hipótesis plausibles.

No soy creyente de ninguna religión o dios. No creo en espíritus ni irracionalidades, pero tampoco en el dios intransigente, hipócrita y banal del cientificismo. Una discreta parte de los avances médicos han supuesto un avance notorio y la salvación de millones de personas, pero el grueso de la medicina farmacológica actual, “basada en la evidencia”, se está convirtiendo en la pseudociencia más peligrosa de todas y en la tercera causa de muerte.

Mi escepticismo apunta, en primer lugar, a los científicos de salón con curiosos órdenes de prioridades, que no conducen a mejorar el mundo ni ayudar a quienes tienen problemas graves, sino a someter con condescendencia a quienes consideran ‘ignorantes’. Creyentes diferentes de aquellos que dicen combatir, pero creyentes a fin de cuentas.

No desecho ninguna idea sin antes concederle el tiempo para analizar en qué se basa, comprendo el inmenso volumen potencial de todo aquello que ‘no sabemos que no sabemos’, y no atiendo a razones de autoridad ni aunque provengan de 100 premios Nobel, sino a argumentos que combinen razón e intuición.

Disfruto de la ciencia más rigurosa, pero también de la poesía más conceptual. Admiro a quienes se manchan las manos para poner en práctica con creatividad lo que antes han investigado con rigurosidad.

Sí creo que la ciencia tiene armas para construir un mundo mejor, a condición de que elimine de su ecuación el componente de codicia y los objetivos cínicos que corrompen tanto sus resultados como las herramientas concretas que de ellos se desprenden.

Todo este bagaje entró en reacción con la enfermedad de mi mujer y lo que la medicina nos ha ofrecido desde entonces. Comprendí que el conocimiento que se le inocula a los oncólogos y el grueso de la investigación clínica estaba dictado por un paradigma erróneo y profundamente pseudocientífico, infectado de intereses corporativos incompatibles con la búsqueda real de curación. Comprendí que no existía evolución en buena parte de los tratamientos y de los resultados. Que era falso, porque los datos objetivos así lo decían, que el cáncer fuera más curable ahora que hace 50 años.

Los estudios preclínicos (así como algunos ensayos clínicos limitados, propuestos por organismos independientes), en cambio, investigaban un camino diferente, mucho más racional y basado en datos, que la ciencia clínica no seguía, y proponía terapias y moléculas de extraordinaria eficacia potencial que sin embargo eran obviadas por la industria y no llegaban a los pacientes.

Esa ciencia podía ser fácilmente rastreada a través de los miles de estudios publicados y que ningún oncólogo parecía tener interés en estudiar. En tal caso, un ingeniero valía tan bien como cualquier otro para investigarlos, sacar conclusiones, y proponer hipótesis y terapias de escasos efectos secundarios, de forma que el ratio riesgo/beneficio a la hora de tomar la decisión de aplicarlos sea el mínimo posible.

En este blog se admiten los testimonios ‘a mí me funciona’, porque la ciencia ha evolucionado en el pasado gracias a ellos, y una persona que ha superado un cáncer, a pesar del vaticinio médico, utilizando medios complementarios, representa una singularidad que merece ser, al menos, objeto de reflexión.

El resultado de ese “choque de trenes” es este blog, cuyo porqué teórico, que complementa a este post, explico en este artículo

Bienvenido

Alfonso Fernández

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