¡Viva el mal!, ¡Viva el capital! 1

¡Viva el mal!, ¡Viva el capital!

Cuando se comprende que una de las mayores ironías que uno ha oído en la vida ha salido de la boca de la Bruja Avería, entiende al fín el dadaísmo. Dadá es la vida. Dadá nos rodea.

Temodal es el nombre comercial de una molécula llamada temozolamida, patentada por una empresa farmacéutica, y que actualmente es el tratamiento estándar para los gliomas cerebrales, el tipo de cáncer cerebral más común.

Gracias al alegre empleo de la palabra tratamiento la gente corriente suele asociarla al sustantivo curación. En la mente de la gente de la calle subyacen unas pocas ideas que emplean para consolarse, gracias al martilleo constante de los medios de comunicación y sus revistas médicas: “cada año se avanza más en el tratamiento”,”es un camino duro y difícil, porque el cáncer presenta una enorme complejidad”, “si seguimos por este camino, en unos años alcanzaremos una cura”.

Pero la gente no acude a las hemerotecas para comprobar que, hace veinte años, se publicaban esas mismas frases clónicas, y ya entonces consiguieron lo mismo que ahora, lo mismo que el resto de frases que el 90% de los periódicos publican: amansar, impedir la reflexión, impedir la rebelión, hacer que la masa permanezcca en su estado latente, siempre infeliz y al borde de la quiebra, nunca definitivamente hasta las narices.

El poder, todo poder, conoce la utilidad de cualquier placebo mental que aporte esa ilusionante y estéril esperanza puesta en los otros , y que permita eliminar cualquier responsabilidad personal, que permita implantar el tan socorrido: “una sola persona ¿qué podría hacer? ”.

Pero leer un poco de historia permite comprender que sólo personas concretas, casi en soledad, consiguieron aportar una visión individual extraordinaria de la que el colectivo se ha beneficiado con sumisión. El mundo aparece dividido entre quienes sacrifican su felicidad por los demás y la de quienes la aprovechan para ser a su vez felices.

Temodal

Un ciclo estándar de Temodal a dosis máxima cuesta unos 1800 euros. Los 6 ciclos estándar cuestan, por tanto, 10.800 euros por paciente.

Temodal en solitario no cura ningún glioma. Voy a volver a repetirlo: Temodal no cura NINGÚN glioma.

Pero ¿Hay alguien que se haya curado, o que haya vivido un número de años que ningún médico habría asegurado ni en sueños? Sí: quienes han investigado individualmente por su cuenta, han aplicado otras terapias y han cambiado íntegramente de vida, de arriba abajo. Generalmente médicos o profesores universitarios con acceso a investigaciones de toda índole.

Qué casualidad.

La esperanza media de vida para un paciente con Glioblastoma Multiforme sin aplicar Temodal es de 12 meses. Con Temodal, de 14. Dos meses más de vida, casi la mayor parte de los cuales el enfermo se los pasa sufriendo los efectos secundarios de la quimioterapia.

Cuando Temodal se combina con radioterapia la vida media sí aumenta de forma más significativa.

Melatonina

Pero, según un par de estudios con un número limitado de pacientes, si en vez de Temodal se aplica junto con la radioterapia una dosis de Melatonina –una hormona que el cuerpo humano segrega naturalmente mediante la glándula pineal, situada en el centro del cerebro- la eficacia de la radioterapia es aún mayor que si se emplease Temodal. A veces mucho mayor, de varios órdenes de magnitud.

¿Cuánto costaría ese tratamiento de melatonina? 10 euros al mes. Voy a volver a repetirlo: 10 EUROS AL MES. ¿Qué efectos secundarios tienen la melatonina? No se conoce ninguno.

La eficacia antitumoral de la melatonina está fuera de toda duda, avalada por decenas de estudios científicos de ciencia básica y aplicada.

Melatonina estuvo prohibida durante años, incluso aunque su uso primordial consistiese en regular los ciclos de sueño y mitigar los efectos secundarios del jet-lag. Hace dos se permitió su uso de nuevo y su libre venta en herbolarios. Ahora, vuelven a aparecer las restricciones, señal inequívoca de que su efecto es demasiado bueno. Se dice que “es que es una hormona”, como si eso dijese algo, como si eso aportase alguna información para quien no permita ser manipulado.

La industria

La industria farmacéutica obtiene al año 700.000 millones de euros de beneficios. Es el negocio legal más lucrativo, creo que tan sólo por detrás de la venta de droga. Eso solo ya da para fabricar jugosas ironías y metáforas.

El 90% de su investigación se destina a paliar enfermedades de países ricos. Y el 10% restante a enfermedades endémicas pero presentes sólo en países pobres, que no pueden pagar un tratamiento, sea cual sea el precio de éste.

Oigo que alguno se pregunta: no son ONGs, son empresas privadas. Deben obtener un rendimiento económico.

Y yo contesto: sí, pero no tienen derecho de hacer valer su opción terapéutica como la única válida. No tienen derecho a intimidar a los gobiernos para que adopten su única visión consistente en aumentar algo la esperanza de vida, sin pretender, ni por asomo, curar, porque entonces eliminarían aquello de lo que viven, que es, digámoslo de una puñetera vez, el sufrimiento humano. No tienen derecho a someter a cualquier terapia que se revele mínimamente válida por la vía de campañas de márketing, compra de noticias en periódicos, cualquier clase de guerra sucia que la mente humana sea capaz de imaginar. ‘El jardinero fiel‘ de John Le Carre es, además de una excelente novela, una versión aparentemente dura, pero seguramente edulcorada de la realidad.

36 millones de seres humanos son portadores del virus del SIDA. De ellos, 26 millones habitan en el áfrica subsahariana. Quienes viven en países ricos vivirán muchos años sin padecer síntomas. Pero muchos de los africanos desarrollarán la enfermedad y morirán tras haber experimentado una degeneración torturante y demoledora, porque no podrían pagar ni el envoltorio de un tratamiento de un día.

Los beneficios de las grandes compañías farmacéuticas revierten, fundamentalmente, como en todas las compañías del mundo mundial, en unos pocos accionistas privilegiados. ¿Cuántos pueden ser? ¿100?, ¿1.000?, ¿10.000? Me importa un bledo, los que sean. Sólo con reducir su margen de beneficios en un 10% casi todos estos 26 millones de personas estarían salvadas. Y la repercusión en el nivel de vida de los accionistas tal vez consistiría en tener que desestimar la compra de un sexto Porsche. Eso es ética y el resto tonterías.

Y la clase media de EEUU, principal perjudicada por la política psicopática de ese país en materia de sanidad, es manipulada sin rubor y, como reses bovinas sin criterio, se muestran temerosas de que se les quiten unos derechos de los que, en realidad, ahora ya carecen, que son sólo entelequias. La realidad es que la reforma sanitaria que Obama propone -por fin un presidente con la valentía de un ser humano que merezca llamarse tal- sería una debacle para esas empresas si saliera adelante totalmente, y sus directivos no podrían comprarse una tercera residencia en las Islas Caimán.

Pero en ese juego de apariencias uno pierde lo que es, de manera simétrica a como el mundo se pierde con cada giro sobre si mismo, y su sensación de que la gente está donde merecen sus méritos.

En realidad la mayoría de la gente está donde la lotería de sus circunstancias manda, sumada a su capacidad para contemporizar sin crítica. Un alto directivo de una empresa farmacéutica suele ser, fundamentalmente, un estudiante que perseveró, que se dedicó a permanecer y ascender tratando de tragar sin sobresaltos todo semen corporativo que le llegase a la boca, y poseyendo la solitaria idea de que él no es responsable de pertenecer a una maquinaria que no ha fabricado y que, si está corrompida, no es por su culpa ni por su responsabilidad. Una manera como otra cualquiera de decir que chupar pollas sale a cuenta.

Constantemente leo posts en foros donde ingenieros o tipos con mente de ingeniero hablan de los conspiranoicos (aquellos que ven conspiraciones por todas partes) y defienden también la importancia del método científico, como si una cosa tuviera que ver con la otra. Vienen a decir que las farmacéuticas sí aplican ciencia y que ésta debe ir despacio porque aplica, paso a paso, el método que se ha demostrado que descubre la verdad, aunque sea de forma lenta.

Tal afirmación me hace recordar a quienes fueron mis compañeros, y comprendo que sólo puede provenir de ellos, que poseían la inteligencia para aplicar de forma eficaz lo que les decían y la incapacidad absoluta de pensar por ellos mismos.

Porque basta indagar un poco para saber que eso es rotundamente falso: no se investiga para curar, se investiga para prolongar un poco más la vida mediante la aplicación de una droga que pueda ser patentada. No se investiga para erradicar, se investiga para ganar dinero, al menos en ciencia clínica. Y, debido a lo largo de mi argumentación y de las pruebas, puedo demostrarselo cuando quiera a cualquier ingenierillo que lo necesite.

Nuestro ensayo real

Mi ensayo doble ciego es éste: como el oncólogo y yo sabemos, la única solución real que aporta la medicina convencional a la enfermedad de Miriam es eliminar todo el tumor cortando por lo sano. Por lo tanto, cuanto menor sea dicho tumor, más probabilidades tendrá la cirugía de ser curativa. También sabemos que temodal no cura, pero sí puede reducir temporalmente el tamaño de la masa tumoral: así que la mejor solución es aplicar algunos ciclos de quimio antes de la operación, reducir el tamaño y, después, operar, confiando en que ésta lo quite todo. Además, según el oncólogo, “hay muchos mitos acerca de los efectos secundarios de la quimio”. No me digas.

Resulta que los mitos se hacen carne tras la aplicación de sólo el primer ciclo: se le cae casi todo el pelo, tiene unos fortísimos dolores de cabeza y sufre una pancitopenia grado IV: cero plaquetas (las enfermeras repitieron la prueba tres veces, porque no se lo podían creer). Inundada de petequias en las piernas, una pequeña herida en las encías le hace dejar empapada de sangre la almohada.

¿Y el tumor? El tumor bien, gracias. Sin inmutarse.

Con ella aislada en el hospital durante quince días para evitar que un resfriado la mate, me cruzo con el oncólogo por un pasillo, y éste aplica tremendos esfuerzos en hacer como que no me ha visto.

Tal vez ha conocido a demasiados familiares de pacientes que depositan toda responsabilidad en algo externo, como si no fuera con ellos. Pero nosotros hemos asumido que ésa era la mejor decisión, resultase o no, y apechugamos con ella. Pobre, se le ve avergonzado, y quien se avergüenza al menos tiene vergüenza.

La seguridad social y los visitadores médicos

Hemos tenido que pagar por el tratamiento 1800 euros. Entonces yo me voy a un hospital público para tratar de que la Seguridad Social se haga cargo de ese dinero. Accedo a un pasillo repleto de enfermos y familiares que depositan la mirada perdida en el suelo, como si ésta ya no les perteneciera. Y pululando entre nosotros, los visitadores médicos: con su maletín de ruedas, con sus trajes, con su espontaneidad, son los únicos que sonríen en aquel pasillo. Cada dos o tres pacientes, entra un visitador médico, constantemente. En las 3 dulces horas que dura mi espera pasan como diez diferentes.

Entro por fin. Me recibe una doctora, en la cabecera de cuya mesa reza un cartelito: “Todo aquél que agreda a un médico puede sufrir persecución penal”, o algo parecido.

Le comento el caso. Ella estudia un manual y, con mirada triste, me dice que el Temodal se da después de la operación, y que un tratamiento que no es estándar no puede estar recogido por la SS. Entonces le pregunto:

– ¿Después?, ¿darlo después?, ¿acaso cura el temodal algún glioma?
– Bueno, curar, curar, no –responde.
– ¿Puede curar, en algunos casos, una operación de márgenes lo suficientemente amplios?
– Puede
– Entonces, ¿No encuentras lógico aplicar Temodal antes?
– No importa lo que yo encuentre lógico, sino lo que puedo o no puedo aplicar.

En fin, tiene razón, pero yo me pregunto cuántas personas estarán siguiendo alternativas terapéuticas peores o directamente erróneas, que dependen únicamente de la profesionalidad, la humanidad y la capacidad de pensar por si mismo de un médico u otro.

A pesar de todo, intento seguir argumentando, aunque el dinero es lo que menos me importa. Ella muestra signos de impaciencia y me dice que tiene a otra persona esperando. Le pido disculpas y me voy. Quien le espera es un visitador médico, que entra tras de mí con amplia sonrisa.

– Hombre, cuánto tiempo –dice la doctora- ¿Qué cositas me traes hoy?

Tengo un negro deseo

Tengo un negro deseo: supongamos que los ejecutivos con poder de decisión de las empresas farmacéuticas son, no sé, pongamos 500. 500 personas con capacidad de decidir el destino sanitario de millones de personas en todo el mundo. Podrían ser 1000, o 2000, o 5000. Me es indiferente: llamémoslo X.

Deseo que, en vez de una cantidad X de personas anónimas que padecerán un cáncer este año, lo padezcan ellos, todos a la vez. A ser posible los peores: cerebrales, de páncreas, no sé, algo variado y florido.

Entonces descubriríamos qué harían. Algo me dice, y lo digo porque ya ha habido casos reales de ejecutivos de farmacéuticas puestos en dicha tesitura, que entonces veríamos cómo los márgenes de beneficio serían olvidados, cómo descubrirían el poder de la gente que les quiere –si ésta existe-, cómo comienzarían a aplicar aquello que, en sus documentos estratégicos, era sistemáticamente vilipendiado y perseguido, por constituir una amenaza económica.

Y, de ellos, milagrosamente, una parte viviría más tiempo del predicho o se curarían. Otros morirían, y yo no derramaría ni una lágrima por ellos. De los que sobreviviesen, unos pocos verían la luz y comprenderían.

Cambiarían de vida, serían coherentes con sus vivencias, cambiarían la manera de afrontar su trabajo, tratarían de paliar en los demás lo que han sufrido en carnes propias. Pero la mayoría, tengo pocas dudas acerca de ello, una vez que su vida volviera a encarrilarse en los cauces usuales, regresaría a sus márgenes de beneficio y al confortable cajón acolchado de su hipocresía.

Eso es la humanidad, queridos.

Y, mientras tanto, aquí estamos los demás, preocupándonos por estupideces absurdas que nos aguardarán, como almohadas de piedra, en nuestros féretros.

¡Viva el mal!, ¡viva el capital!

6 Comments

  1. jgonzalezg 18 marzo, 2013
    • Alfonso Fernández 18 marzo, 2013
  2. jgonzalezg 18 marzo, 2013
    • Alfonso Fernández 18 marzo, 2013
  3. luis 9 agosto, 2015
    • Alfonso Fernández 11 agosto, 2015

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