Quimioterapia a dosis bajas contra el cáncer, enfoque metronómico y sinergias 1

Quimioterapia a dosis bajas contra el cáncer, enfoque metronómico y sinergias

Desde hace algunos años se vienen realizado estudios clínicos que hacen sospechar que una dosificación metronómica de la quimioterapia (a dosis bajas, pero aplicadas más frecuentemente), presenta en algunos tipos de cáncer una serie de ventajas añadidas sobre el tratamiento estándar: ampliación de sus limitados mecanismos terapéuticos y mucha menor toxicidad. Una mejor manera de cumplir con el juramento hipocrático, que prescribe: “lo primero no hacer daño”.

En este artículo explicaremos porqué algunas dosificaciones de quimioterapia pueden ser consideradas ‘alternativas’ y cómo integrar la quimioterapia, como jugador de equipo, dentro de una estrategia integral.

La progresión de la enfermedad

La última resonancia de mi mujer, realizada en abril de 2015, muestra una sospecha de evolución: “Parece que el tumor ha progresado”, se lee en el informe del radiólogo. Es una evolución pequeña, pero casi segura.

Hay dos cuestiones que hay que tener en cuenta para comprender hasta qué punto el informe supone una mezcla de buenas y de malas noticias:

Primero, que mi mujer acudió tarde a conocer el resultado de la anterior resonancia, estuvo casi dos meses sin aplicar de forma estricta el tratamiento, y sólo poco más de uno aplicando los nuevos suplementos y una mejor dieta.

Tal vez el crecimiento se haya producido durante los dos primeros meses; tal vez no haya bastado un mes para detenerlo, sobre todo porque no aplicó la dieta de manera estricta. Sé que acumular “tal vez” no sirve para nada, pero la situación no sería la misma si la progresión se hubiera producido tras 6 meses de perfecta aplicación.

Segundo, que el tumor original, descrito en la PET que le hicieron hace años como “mixto, con una zona posterior de bajo grado y una zona anterior de alto grado”, parece haber perdido parte de su agresividad, y presenta un crecimiento homogéneo no infiltrante. Después de once años, con mi mujer en el lado de la minoría, hay que valorar esas noticias de forma positiva.

En otro artículo hablaré del periplo médico que hemos seguido últimamente, tras la consulta a siete médicos de tres especialidades diferentes, en tres centros hospitalarios, que nos han bombardeado con opiniones contradictorias, hasta conocer a la oncóloga que ahora nos lleva y que es una rara avis: está completamente de acuerdo con las medidas que aplicamos y formamos una entidad a tres destinada a usar el sentido común para obtener lo mejor para Miriam.

Eso incluye cualquier molécula que haya demostrado un buen ratio riesgo/beneficio, no importa que esté presente en la naturaleza o que sea de naturaleza sintética. Este blog no está basado en defender lo ‘natural’ por encima de lo ‘artificial’, sino en que la racionalidad y el objetivo basado en mantener la dignidad del paciente debe primar por encima de otras consideraciones.

Es tan nefasta la cerrazón de quienes descartan cualquier medida no estándar con un adjetivo como ‘magufo’, sin entender el porqué nos vemos obligados a confiar en medidas no probadas con fiabilidad estadística, como la de quienes no aportan un mínimo de credibilidad y descartan la síntesis química como si fuera el demonio.

Yo ya me había anticipado a la posible progresión y sabía que mi mujer y la oncóloga querrían aplicar quimioterapia, así que fui preparado para proponer una dosificación bastante poco habitual.

Antes de continuar con la historia, vamos a poner en contexto las decisiones que hemos tomado.

¿En qué consiste la quimioterapia?

Aunque el número de fármacos de quimoterapia se ha multiplicado durante los últimos años (y dicha multiplicación será aún mayor en el futuro), cada uno de los cuales suele prescribirse para tratar tipos específicos de cánceres, todos se basan en el mismo principio: destruir toda célula en fase de replicación. Por lo tanto, la quimioterapia atacará a todas las que se reproduzcan rápidamente, y eso incluye tanto las cancerígenas como células sanas del sistema inmune, del intestino, los gametos (precursores de las células sexuales femenina y masculina) o los folículos pilosos.

Eso sucede desde hace décadas, y cada nuevo fármaco que sale al mercado redunda en el mismo paradigma. Siempre igual. Todos los supuestos cambios y avances se apoyan en frases publicitarias desprovistas de contenido y perfumadas con marketing y manipulación.

Para aprobar un quimioterápico éste ha tenido que someterse a pruebas extensas en fase III y han debido enrolar a muchos pacientes y centros, en un proceso de elevado coste. Dicha inversión sólo se producirá cuando la empresa tenga una razonable seguridad de que va a recuperar con creces el dinero invertido. Y cuando digo ‘con creces’ me refiero a un retorno de inversión de hasta 1000 dólares por dólar invertido. El modelo de negocio legal más lucrativo.

Las ventajas de dicho modelo: sólo compiten contra sí mismos. Si alguien aporta toneladas de estudios de ciencia básica que demuestran que una molécula no patentable es cientos de veces más beneficiosa que cualquier quimio, dará igual: habrá de pasar por el filtro de los ensayos clínicos y la empresa u organismo que la promueve deberá reunir el dinero para ponerlos en marcha. Y como no pueden acceder a dichas pruebas, que generalmente sólo las empresas multinacionales tienen la capacidad económica de llevar a cabo, la molécula permanecerá en el limbo de las moléculas ‘unproven’ y sucederán tres cosas:

  • Los médicos no podrán recetarla, y si lo hacen podrían encontrarse con serios problemas
  • Si alguien promueve su uso será acusado de ‘magufo’ y anticientífico, no importa que el peso de las evidencias preliminares sea abrumadoramente mayor que el que tenían los quimioterápicos que sí se pusieron a prueba.
  • Las campañas en blogs, televisión y cualquier medio ‘mainstream’ avisarán del riesgo de aplicar sustancias ‘no probadas’ y aplastarán cualquier atisbo de indagación.

¿Qué debe demostrar un quimioterápico para ser aprobado? Que puede reducir un volumen tumoral, preferiblemente con menor toxicidad que algún fármaco previo. Punto.

Y si mejora en esos criterios a un fármaco anterior en algún tipo de cáncer, lo sustituirá como medida terapéutica estándar. Si no, formará parte de una segunda o tercera línea de aplicación.

Los fármacos no necesitan curar porque compiten con otros fármacos que hacen más o menos lo mismo y tampoco buscan curar, sólo mejorar (y con ‘mejorar’ queremos decir ‘reducir un volumen tumoral’) la respuesta a moléculas previas ya aprobadas.

No tienen porqué cambiar el paradigma que les ha reportado esos beneficios estratosféricos, porque implicaría invertir mucho más dinero, y el riesgo de no poder retornar la inversión sería mucho mayor. Por lo tanto, no tienen más que dar vueltas en círculo, reinventando la rueda una y otra vez, buscando multiplicar patentes de moléculas que hacen más o menos lo mismo que las anteriores, década va, década viene. Y para multiplicar fármacos no hay nada mejor que buscar heterogeneidades y decir que el cáncer son ‘más de 200 enfermedades producto de mutaciones’.

Si hace 70 años hubieran descubierto que darse martillazos en la cabeza podría reducir a la mitad, en algunos casos, la masa de un tumor, ahora mismo tendríamos 1000 modelos diferentes de martillos ‘terapéuticos’ y otras tantas técnicas para aplicar martillazos, y todo aquel que proclamara que deberían investigarse maneras de tratar mejores que dedicarse a aplastar la cabeza de los enfermos (esto es, que proclamase que el emperador va desnudo) sería tachado de ‘conspiranoico’.

La genética como excusa

Los genes implicados en la codificación de proteínas tumorales no son un destino inapelable que sucede porque está escrito en nuestro ADN, ni son el resultado de mutaciones ‘espontáneas’ fruto ‘de la suerte’, sino que son fenómenos que responden a otros previos, anteriores.

La medicina evita indagar en profundidad en las causas y se limita a buscar un fármaco que haga diana en mecanismos específicos tumorales que, en su inmensa mayoría, no están presentes de manera homogénea en todas las células del tumor. Por lo tanto, serán dianas incompletas y el fármaco estará destinado a fallar tarde o temprano, a no resultar curativo. Y quienes promueven estos estudios lo saben.

Los genes son como interruptores: algo los pulsa, y mientras que la cantidad de genes y de las proteínas que codifican es enorme, el número de mecanismos que ‘pulsan’ esos genes-interruptores es menor. Una sola mano con cinco dedos puede pulsar miles de interruptores.

La promesa que hace unos años supuso la genómica se ha diluido en su mayor parte, porque hemos alcanzado a vislumbrar que la genética no implica un destino inapelable, sino que éste está más condicionado por la epigenética, esto es, por factores externos que ‘encienden’ o ‘apagan’ dichos genes.

Si lo que persigues es curar, te enfocarás en maneras de inutilizar los ‘dedos’ de esa mano y sólo atenderás a 5 variables. Pero si te dedicas a vender bloqueadores de interruptor, te interesará fabricar cientos de ellos, y desprestigiar cualquier otra manera de ‘tratar’ que no implique una multiplicidad.

El primer paradigma acerca a la curación y aleja del beneficio. El segundo aleja de la curación y acerca al beneficio. De momento no es posible curar y, a la vez, maximizar beneficios. O haces una cosa, o haces otra.

Este último paradigma es en el que se encuentra inmerso el negocio de los fármacos y la oncología oficial. Y ese paradigma está infligiendo a la civilización occidental un genocidio que dura más de 50 años.

Repetiré la palabra: genocidio.

La teoría de plagas

Los agricultores y los científicos ocupados en buscar formas de controlar las plagas de las cosechas saben desde hace años que cuando emplean sustancias químicas sintéticas éstas harán diana en características específicas de determinados individuos de la plaga, nunca en el 100%. Al aplicar los productos, estos matan rápidamente al subgrupo susceptible, pero no al resto, que es resistente.

Incluso en el caso de que este subgrupo inmune al químico sea muy escaso, cuando el resto de sus compañeros hayan muerto se encontrarán con una profunda ventaja: gran cantidad de espacio y menor competencia para reproducirse y alimentarse de la cosecha, y transmitirán su resistencia a gran parte de su progenie. Es decir, los individuos no resistentes controlan hasta cierto punto a los resistentes. Eliminar a todos los no resistentes puede ser una mala idea.

El cáncer es la plaga y la quimio el producto que hace diana tan sólo en las células susceptibles.

Ésa es la razón por la cual, en ocasiones, un tumor que se ha encogido espectacularmente tras la aplicación de la quimio, que incluso parece haber desaparecido, retorna con virulencia redoblada y multiplica con rapidez su tamaño. Y ésa es la razón por la cual muchas quimioterapias no aumentan la sobrevida del paciente pese a reducir el tamaño tumoral: porque la métrica usada para medir el éxito es engañosa.

Hay estudios que explican porqué algunos tumores de bajo grado experimentan una malignización al ser tratados con quimiotrapia, como éste que sugiere las razones por las cuales el tratamiento con Temodal de gliomas de bajo grado puede transformarlos en gliomas de alto grado, al atacar exclusivamente al grupo susceptible a la quimioterapia, el que presenta altos niveles de metilación, dejando intacto el más peligroso, con baja metilación del MGMT (en el futuro le dedicaré al menos un post a estos temas, de importancia capital: metilación, metionina, homocisteína, vitaminas del grupo B y antioxidantes endógenos SAM-e y glutatión, tan relacionados entre sí y con el cáncer).

Además, una característica común a casi todos los tumores es la hipoxia, que guarda relación directa con su malignidad y con la resistencia al fármaco: un tejido cancerígeno en un entorno hipóxico crecerá con mayor velocidad cuanto menor sea el oxígeno disponible, y será menos susceptible a la quimioterapia (por eso las terapias de oxigenación con cámaras hiperbáricas u ozono incrementan los efectos citotóxicos sobre el tumor, en solitario o en combinación con el tratamiento convencional).

Un tumor hipóxico se verá menos afectado por las drogas y podrá crecer con mayor rapidez en un cuerpo cuyo sistema inmunitario, además, sí se ha visto afectado por el veneno a dosis altas.

Aquí nos encontramos con otra de las paradojas del tratamiento: la quimioterapia tienen más probabilidades de fracasar contra zonas tumorales más peligrosas.

Incluso cuando el tumor sí incrementa la esperanza media de vida, los efectos tóxicos pueden ser muy severos y permanentes, y tras la aplicación de la quimioterapia, el paciente debe tener en cuenta lo que viene escrito en los prospectos de las quimioterapias anticáncer: “este fármaco puede provocar cáncer”.

Quimioterapia a dosis bajas

Un veneno puede resultar curativo a bajas dosis, y una sustancia benéfica puede volverse deletérea a altas dosis. Lo ideal es encontrar la dosificación justa y el entorno terapéutico adecuado donde los efectos nocivos de un veneno sean minimizados y los benéficos potenciados.

La historia de la quimioterapia a dosis bajas corre parejo al del concepto de angiogénesis tumoral: investigadores como Judah Folkman describieron en los años 90 del siglo XX el proceso de creación de nuevos vasos sanguíneos por parte de un tumor, ayudado por factores inflamatorios, con el objetivo de sostener las necesidades metabólicas derivadas de su crecimiento exponencial.

Aunque las drogas antiangiogénicas han demostrado un fracaso aún mayor que el de la quimioterapia convencional, el concepto sirvió para probar una nueva dosificación de citotóxicos que demostró evidentes ventajas: si bien las ‘reducciones’ de tamaño que se alcanzaban con dosis metronómicas podían ser menores, a veces conseguían mejorar la sobrevida del paciente mediante el bloqueo de los factores angiogénicos y, por tanto, del crecimiento tumoral y, tan importante o más que ello, con menores efectos secundarios.

La quimio a dosis bajas constituía una presencia ‘insidiosa’ para el tumor en vez de un ataque frontal con toda la artillería, que deja más ‘espacio terapéutico’ para medidas sinérgicas.

La medicina convencional se basa en utilizar ‘balas mágicas’ que, en solitario, sin tener en cuenta ninguna otra medida funcional, reviertan un determinado estadio patológico. El problema es que mientras no se descubran las causas subyacentes de dicha patología, y el tratamiento se enfoque en colaborar con el cuerpo en vez de erigirse en el único sostén de la salud, la mayoría de los fármacos sintéticos están abocados al fracaso a medio y largo plazo.

O la medicina comienza a considerar el cuerpo como un aliado al que hay que proteger, o toda droga que envenene aún más el organismo tendrá una eficacia limitada y sólo aportará más dolor.

Pocas medidas podrán curar en solitario un cáncer avanzado. Por supuesto que no será curativo un veneno como la quimioterapia, pero ni siquiera la dieta, ni la hipertermia, ni la cámara hiperbárica, ni la suplementación, ni la vitamina C a altas dosis, ni cualquier otra terapia convencional o alternativa en solitario podrá alcanzar siempre la curación en estadios avanzados del cáncer.

Pero la unión de todas ellas puede marcar la diferencia, a condición de que se conviertan en aliados del cuerpo sano y no en adversarios semejantes a aquello que pretenden tratar. Si la quimio quiere formar parte de dicha estrategia deberá ser (en muchas ocasiones) un comparsa, un jugador de equipo con un objetivo más grande que las individualidades, y no un actor principal. Y deberá producir su efecto terapéutico sin arrasar a la vez con el aliado natural del organismo: el sistema inmune.

Acerca de las dosis y la estrategia adecuadas

Tal vez la única manera de que las terapias ‘alternativas’ reciban la atención que se merecen (es decir, que se pongan a prueba mediante ensayos clínicos bien planteados) es que primero se modifiquen sutilmente las terapias convencionales.

Algunos estudios (y hay decenas), han propuesto que el cambio de paradigma comience por evitar el concepto de ‘dosis máxima tolerada’, que resulta obsceno, porque implica que se consuma la máxima cantidad de producto (lo cual conlleva también un gasto económico máximo) hasta que el cuerpo aguante, sin que exista una relación directa demostrada entre dicha dosis y una mejora proporcional del tiempo de supervivencia.

En ocasiones sucede lo contrario: las megadosis sólo han hecho la vida más miserable y más corta a millones (millones) de enfermos.

Por cada quimioterapia se han ensayado diferentes calendarizaciones y dosis. Por ejemplo, para la Temozolamida, tratamiento estándar para los gliomas, la dosis habitual es de 200g/m2 de superficie corporal/día, en ciclos de 28 días: 5 días de tratamiento y 21 días de descanso.

Las dosis metronómicas habituales son de 75g/m2/día (con mínimos de 50g/m2/día), con tomas casi diarias, aunque se han ensayado dosificaciones intermedias durante una semana más otra de descanso.

Lo que me llamó la atención en su día fue un estudio alemán en el cual se ensayaron dosis de 10g/m2/12 horas, esto es 20g/m2/día en pacientes de glioblastoma (10 veces menos que la dosis estándar), que ya habían sido tratados anteriormente sin éxito y cuya enfermedad progresaba. A la quimio a dosis bajas se le añadió Celebrex, un antiinflamatorio.

El estudio arrojó datos sorprendentes: el período libre de progresión y el de sobrevida no eran espectaculares, pero sí comparables a los de las dosis elevadas y, sobre todo, sin apenas efectos secundarios.

Sé que sólo es un estudio y presenta limitaciones, pero es el primero (que yo sepa) que utiliza en gliomas una dosificación mucho más baja que la mínima ensayada y cuya eficacia se considerada probada, de 50g/m2/día

Eligiendo la dosis de quimioterapia

Una vez que confirmo que la oncóloga es tan partidaria de medidas complementarias como yo, le enseño muchos de los estudios que he recabado, entre los que se encuentra el alemán que puso a prueba dosis de quimioterapia extremadamente bajas.

E, increíblemente, parece estar de acuerdo en aplicar una dosificación no estándar, sobre todo porque el caso de Miriam ya está fuera de toda norma y cualquier tratamiento no será más que especulativo.

Sabe que estamos aplicando una serie de medidas drásticas muy acordes con su propia manera de entender el tratamiento, y que aún las mejoraremos más, así que comprende que Temodal formará parte de un equipo de acciones, y no será una monoterapia.

No obstante, nos dice que por debajo de 50 g/m2 no parece que se alcancen niveles terapéuticos en sangre de la droga. Yo le contesto que hay estudios que parecen indicar que la dieta cetogénica y muchos de los suplementos que mi mujer toma actúan mejorando el tratamiento de una forma doble: protegiendo el cuerpo sano del veneno y, a la vez, incrementando su acción contra el tumor, con lo que se necesitarán dosis menores para igualar su supuesta eficacia.

Estudios (sólo muestro una pequeña representación de todos los existentes) como los que han puesto a prueba combinaciones de múltiples moléculas y tratamientos, por ejemplo: dieta más quimioterapia, temodal más té verde, resveratrol más temodal o un ensayo en fase I de Temodal combinado con vitamina C a altas dosis.

Y, de postre, algunos casos reales, como el de esta anciana aquejada de un melanoma en estadio IV que obtuvo una remisión completa con una mezcla de Temodal a dosis bajas y vitamina C a dosis altas, entre otras sustancias, y que confirman que estamos planteando combinaciones plausibles.

Mi mujer tiene miedo de no hacer lo suficiente, así que acabamos estipulando, entre los tres, tras una suerte de puja, una dosis de 40g/m2/día durante 5 días a la semana, con fines de semana de descanso. Una dosis diaria 5 veces menor que la estándar que, hace unos años, a punto estuvo de matarla, pero más sostenida en el tiempo.

El objetivo es permitir que el cuerpo se adapte y se proteja frente al veneno con la ayuda de la dieta y de los suplementos, e intentar, a la vez, que el tumor no tenga tregua.

Y tras la noticia, mi mujer termina por comprender que hay que medir la comida al gramo, que hay que controlar los macronutrientes con precisión, que debe realizarse mediciones sanguíneas periódicas, que hay que añadir algún otro suplemento con el fin de potenciar aún más el sistema inmune (elegimos para ello coriolus versicolor) y, sobre todo, que debemos comenzar ya con la vitamina C liposomada a dosis altas. En el próximo post espero poder dar información valiosa sobre su mecanismo de acción, las equivalencias de dosis entre los diferentes mecanismos de administración y los métodos para fabricarla en casa.

La técnica de potenciación con insulina de la quimioterapia a dosis bajas

Creo conveniente consignar esta técnica, empleada en muchos centros de oncología alternativa de todo el mundo, si bien me asaltan muchas dudas acerca de su aplicación. No puede ser considerada como una monoterapia, por supuesto, pero sí otra manera más racional de aplicar el veneno.

Las células cancerosas presentan una mayor concentración de receptores de insulina y de insulin-like growth factor (IGF, factor de crecimiento similar a la insulina). Esos receptores les permiten absorber gran cantidad de glucosa, puesto que sus necesidades metabólicas son mucho más elevadas que las de las células normales y carecen de la capacidad de procesar ácidos grasos y cuerpos cetónicos como combustible.

Cuando la insulina se eleva artificialmente, el cuerpo se ‘limpia’ de glucosa, que es transportada más eficientemente a las células (sanas y cancerígenas, de ahí que un nivel de insulina crónicamente elevado sea una mala noticia), y el cuerpo entra en hipoglucemia (en una dieta cetogénica ese nivel de glucosa extremadamente bajo no induciría una hipoglucemia, puesto que los ácidos grasos libres y los cuerpos cetónicos podrían sustituir como combustible a la glucosa y permitirían que el organismo continuase su función con total normalidad)

Ante esa situación de ‘hambruna’, las células cancerígenas se encontrarían con esta situación:

Primero: verían estimulado su crecimiento por la insulina y entrarían con mayor facilidad en la fase S, esto es, en el momento en que son más susceptibles a la quimioterapia.

Segundo: estarían ‘hambrientas’, necesitadas de glucosa y abrirían sus receptores de insulina para incrementar las probabilidades de captarla

Si en ese momento, tras la insulina, se administra la quimioterapia, no sólo será más efectiva al encontrarse con más células tumorales en período de replicación, sino que éstas captarían la droga con mayor eficiencia. En ese caso, las dosis necesarias de quimioterapia podrían ser mucho menores y producir a la vez (supuestamente) mayores efectos terapéuticos.

Mis dudas proceden del hecho de que los efectos serían similares a la quimio a dosis altas, pero se limitarían, de nuevo, a las células que fueran susceptibles al fármaco. Por supuesto, no tendría sentido inyectar insulina a un paciente de cáncer si no se tratase de una medida puntual que se complementase con otras muchas destinadas a hacer sinergia.

Hay otra manera de incrementar la toxicidad tumoral de la quimio usando la dieta.

Si recordáis, la dieta cetogénica disminuye los niveles de glucosa e insulina, induciendo un estado de hambruna en el tumor similar a la producida por la inyección de insulina, pero sin sus desventajas: el tumor sometido a la dieta captará más quimio, estará debilitado por la ausencia de combustible metabólico y no podrá apoyarse en factores inflamatorios para avanzar, gracias al carácter antiinflamatorio de la cetosis. Es cierto que el bajo nivel de insulina no induciría la replicación del tumor, pero la quimioterapia a dosis bajas tendría una presencia constante por si ese momento ocurriese.

De momento, los niveles sanguíneos de Miriam de beta-hidroxibutirato ya alcanzan 1.8 nmol/l, aún una cetosis media. El objetivo es sobrepasar, de forma continua, los 3 nmol/l (difícil, pero no imposible) con una dieta que combine a la vez una buena carga de vitaminas y minerales.

Sumado esto al plan de suplementación (21 suplementos), a los ‘alicamentos’ estratégicos, a los 6 gramos al día de vitamina C liposomal que comienza ya a tomar, y a la quimio a dosis metronómicas, construimos una estrategia que pretende envolver al tumor en un entorno de hostilidad múltiple y al resto de su cuerpo en un remanso de salud.

Todo esto no es más que teoría, elaborada torpemente con los mimbres de los que disponemos, que sólo conforman sospechas; plausibles, pero sólo sospechas. En un par de meses comprobaremos si se sustenta en hechos. Sólo queda perseverar.

Lo importante es que la oncóloga está de acuerdo con nuestra estrategia. Al parecer esta clase de profesionales (esta clase de personas) no son una leyenda urbana.

34 Comments

  1. Sebastian 12 mayo, 2015
    • Alfonso Fernández 12 mayo, 2015
  2. Bonjourtristeza 12 mayo, 2015
    • Alfonso Fernández 12 mayo, 2015
    • Olivia 13 octubre, 2017
  3. joan 12 mayo, 2015
    • Alfonso Fernández 12 mayo, 2015
  4. Moris 12 mayo, 2015
    • Alfonso Fernández 12 mayo, 2015
  5. joan 13 mayo, 2015
    • Alfonso Fernández 13 mayo, 2015
      • joan 13 mayo, 2015
  6. Eva 13 mayo, 2015
    • Alfonso Fernández 13 mayo, 2015
      • Olivia 13 octubre, 2017
  7. Lucía 13 julio, 2015
    • Alfonso Fernández 17 julio, 2015
      • Deysi 2 diciembre, 2018
  8. Carlos Eduardo 2 noviembre, 2015
  9. alfredo cabrera 24 marzo, 2016
    • Alfonso Fernández 25 marzo, 2016
  10. Antoni Marsal 19 julio, 2016
    • Alfonso Fernández 19 julio, 2016
      • Marina 20 julio, 2016
    • Olivia 13 octubre, 2017
  11. ana 25 agosto, 2016
    • Alfonso Fernández 26 agosto, 2016
  12. Vicent 25 octubre, 2016
    • Alfonso Fernández 26 octubre, 2016
    • Alfonso Fernández 23 noviembre, 2016
  13. Gerard 26 junio, 2017
  14. Montse 12 diciembre, 2017
    • Alfonso Fernández 12 diciembre, 2017

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