Hormonas sexuales y cáncer (II): andrógenos. El beneficio de la testosterona en todos los cánceres y la brutalidad del tratamiento de los de próstata 1

Hormonas sexuales y cáncer (II): andrógenos. El beneficio de la testosterona en todos los cánceres y la brutalidad del tratamiento de los de próstata

En el anterior artículo hablamos de la progesterona y de los estrógenos. En éste nos enfocaremos en los andrógenos y su relación con el cáncer, con especial mención a la testosterona. También analizaremos los datos disponibles para explicar por qué creo erróneo y brutal el tratamiento antiandrogénico de los cánceres de próstata.

Este artículo es un extracto que forma parte del capítulo dedicado al metabolismo tumoral del libro Cáncer Integral.

Origen de los andrógenos

Los andrógenos más potentes son la testosterona y la dihidrotestosterona. Se producen en los testículos a partir de la pregnenolona y, en menor medida, en los ovarios (que mayoritariamente se convierten en estrógenos previa aromatización) y en las glándulas suprarrenales.

Hormonas sexuales y cáncer (II): andrógenos. El beneficio de la testosterona en todos los cánceres y la brutalidad del tratamiento de los de próstata 2
Proceso de esteroidogénesis, donde se muestra un esquema de las complejas relaciones entre los diferentes pasos de transformación hormonal. En gris, pasos que suceden sobre todo en glándulas adrenales, ovarios y testículos. En amarillo, pasos de conversión de andrógenos en estrógenos que ocurren sobre todo en el ovario y en tejidos periféricos en el varón. En azul, conversión en tejidos periféricos: piel, próstata y epidídimo. Fuente

Su función es facilitar la aparición de características típicamente masculinas: desarrollo genital y prostático, distribución de vello facial y corporal, tono de voz, desarrollo muscular, etc.

También es una hormona anabólica que ejerce sus efectos principales sobre los músculos. Las funciones de la testosterona durante el desarrollo deben estar compensadas por su equilibrada aromatización a estradiol y su conversión a dihidrotestosterona.

Los síndromes de resistencia a los andrógenos provocan infertilidad tanto a hombres como a mujeres, pero el exceso de producción de andrógenos en mujeres, como el que se asocia con ovarios poliquísticos, también puede producir infertilidad. Por tanto, el balance entre hormonas sexuales en ambos sexos requiere, al parecer, una sutil orquestación que garantice el correcto desarrollo y funcionamiento orgánico.

Sus efectos se ejercen a través de los receptores androgénicos (AR), pertenecientes a la familia de receptores nucleares, que se expresan en el citoplasma pero se traslocan al núcleo tras la adecuada estimulación (artículo).

Andrógenos y cáncer. Niveles absolutos y relativos respecto de estrógenos.

La idea de que los niveles absolutos de testosterona se relacionan con el inicio y el desarrollo de cánceres androgénicamente influenciables como el de próstata se ha solidificado en el ideario colectivo y en las revistas médicas se proclama que los hombres con bajos niveles de testosterona son menos proclives a padecer cáncer de próstata (artículo).

Cuanto más estudiamos un tema como el cáncer menos nos fiamos de las respuestas simples y del hallazgo de enemigos absolutos. Los ratios y los niveles relativos entre determinadas moléculas que actúan según ciertos ejes sí suelen aportar información accionable, pero que requiere aplicar una difícil indagación y el aporte de un doloroso matiz. Los datos aislados y únicos son engañosos.

La primera pregunta que nos asalta es: si es la testosterona el principal factor implicado en el riesgo de padecer cáncer de próstata, ¿Por qué éste afecta casi exclusivamente a hombres que sobrepasan la mediana edad y cuyos niveles de testosterona comienzan casi universalmente a descender, y no afecta apenas a jóvenes, que están en plena potencia androgénica? En realidad, conforme avanza la edad no sólo disminuyen los niveles de testosterona, sino que se incrementan los de estrógenos, que también se elevan en situaciones de estrés, enfermedad, malnutrición o hipotiroidismo.

En este caso, y aunque no podamos descartar que la testosterona no tenga nada que ver, sí podemos afirmar que debemos estudiar OTROS factores adicionales que contribuyan al desarrollo de ese tipo de cáncer. Los factores aislados usados como métricas únicas son veneno para el análisis eficaz.

El “colesterol” y “las calorías” son otros ejemplos de esta tendencia en la medicina o la nutrición oficial a definir la complejidad con simplezas: que esas métricas aisladas puedan aportar algún tipo de información (a veces pequeña, pero a veces incluso irrelevante) no significa que puedan ser usadas como ÚNICA fuente de información en una toma de decisiones que afecte a algo tan complejo como el organismo humano. Con la testosterona y el cáncer de próstata tal vez suceda lo mismo.

Durante bastante tiempo existió el miedo de que los hombres que eran tratados con terapia de sustitución de testosterona debido a problemas de hipogonadismo asociados a la edad (con síntomas de pérdida de masa muscular, ansiedad, depresión, bajo deseo sexual y problemas de disfunción eréctil), pudieran presentar mayor riesgo de padecer cáncer de próstata, pero los estudios diseñados para estudiar este hecho no han encontrado evidencia al respecto (estudio).

Resulta extraño que una hormona asociada a beneficios metabólicos tan evidentes como la testosterona pueda influir negativamente en otros aspectos pero es cierto que, en este caso, y sabiendo que el cáncer es una “exageración anabólica”, no sería imposible.

Se han encontrado frecuentes correlaciones entre obesidad masculina y menores niveles de testosterona, que conforma además un círculo vicioso: el hipogonadismo conduce a pérdida de masa muscular y acumulación de panículo adiposo. A su vez, la grasa presenta mayores niveles de enzima aromatasa, que convierte testosterona en estradiol y facilita aún más acúmulo graso (otro de los múltiples factores metabólicos que influyen en la obesidad, más allá del cómodo recurso único de “las calorías”) (estudio).

El mantenimiento de la masa muscular y de la fuerza asociada, que estudiaremos en mayor profundidad cuando abordemos el tema del ejercicio físico y el músculo como sistema endocrino, son unos de los mejores predictores de buena salud, y la testosterona es imprescindible para ello.

Es cierto que el principal predictor de salud es la fuerza física, y que no se han encontrado correlaciones exactas entre ésta y masa de tejido muscular o de testosterona, pero los niveles saludables de testosterona, aun en un amplio margen, sí parecen asegurar una masa muscular y una fuerza adecuadas (estudio).

Aunque la “cantidad” de músculo no es el mejor predictor de salud ni se relaciona con ella de forma lineal y aunque su correlación con la fuerza no sea precisa, los niveles excesivamente bajos de masa muscular (sarcopenia), que suponen una pérdida asociada en su capacidad endocrina, sí afectan profunda y negativamente. La relación de la sarcopenia con menor esperanza y calidad de vida es muy sólida (revisión).

La relación entre prevención de la sarcopenia y unos niveles adecuados de testosterona es razonable (estudio), y de hecho, en otros estudios (como el siguiente, en hombres con enfermedad hepática avanzada) se concluye que el bajo nivel de testosterona correlaciona mejor con la tasa de mortalidad que la sarcopenia en sí (estudio). No es sorprendente que la sarcopenia sea un factor pronóstico negativo en supervivencia y recidiva de pacientes de otros “tipos” de cáncer como el de mama (estudio).

Por lo tanto, el nivel de testosterona, la fuerza física y la sarcopenia son factores que intervienen activamente y de forma compleja en el metabolismo. Las acciones encaminadas a mantener una saludable masa muscular (y no es necesario que sea excesiva), unos adecuados niveles de testosterona y una fuerza física elevada, se evidencian como medidas que ayudarán a que los pacientes de cáncer vivan más y mejor.

Pero muchos pacientes de cáncer de próstata son frecuentemente sometidos a una castración química que anula casi por completo su producción de testosterona. Cada vez que leo acerca de alguna acción dirigida de forma ESPECÍFICA contra un solo tipo de cáncer, que NO se aplica al resto y cada vez que una de esas acciones, potencialmente positivas contra el tumor, resulta ser indudablemente NEGATIVA CONTRA EL ORGANISMO, comprendo que estamos ante una incoherencia que debe ser estudiada.

Por mucho que se diga que “los cánceres” son más de 200 enfermedades, este libro es el fiel reflejo de la enorme cantidad de similitudes que TODOS ellos comparten y que los diferencian significativamente de los tejidos sanos.

Constantemente compruebo que (con algunas excepciones relacionadas con el ÓRGANO donde aparece el tumor primario, NO con el cáncer en sí), lo que afecta o beneficia a un tipo de cáncer, afecta o beneficia a cualquier otro. Simétricamente, lo que suele ayudar al organismo afecta negativamente al cáncer y viceversa: lo que afecta negativamente al organismo ayuda al cáncer.

Los efectos secundarios de la castración química (y hasta hace relativamente poco aún se efectuaban castraciones quirúrgicas, en las que se extirpaban ambos testículos. Actualización de @serdna975: aún se realiza esa práctica) son abundantes (artículo):

  • Pérdida del deseo sexual y disfunción eréctil.
  • Ginecomastia.
  • Osteoporosis.
  • Anemia (veremos más adelante que la anemia representa un factor pronóstico negativo en el cáncer).
  • Pérdida de masa muscular (la sarcopenia es otro factor pronóstico profundamente negativo, como ya hemos mencionado y abordaremos más adelante).
  • Ganancia de grasa (o redistribución de la estructura corporal, independientemente de las “calorías” consumidas).
  • Pérdida de agudeza mental. Mayor riesgo de demencia (artículo).
  • Depresión. Los efectos en el ánimo del paciente no deben ser subestimados. La mente y las emociones juegan un importante papel en el tratamiento, como veremos en un capítulo posterior. Incluso aunque no afectaran a la cantidad de vida, cualquier enfermo podrá corroborar que es aún más importante asegurar su calidad (estudio).

Algunos tratamientos de deprivación androgénica incluyen el uso de estrógenos, que llevan asociados un mayor riesgo cardiovascular.

Si la caquexia, que estudiaremos más adelante, es un problema mayúsculo para la mayoría de cánceres avanzados y la relación estrechísima entre agresividad y avance del cáncer y caquexia es un hecho comprobado; si se ha demostrado que actuar contra la caquexia frena el cáncer y actuar contra el cáncer revierte la caquexia, ¿Cómo podemos asumir que un tratamiento que facilita la caquexia va a poder tener efectividad terapéutica a largo plazo?

Evidencia

La cosa comienza a aclararse cuando algunos estudios de seguimiento parecen arrojar resultados opuestos a lo esperado: en un lapso de 5 años se comprobó que los pacientes con mayores descensos en el nivel de testosterona presentaban MAYOR probabilidad de padecer cáncer de próstata, aunque es cierto que ese riesgo parecía asociado no tanto al nivel total de testosterona sino a la velocidad con la que descendía su nivel, indicando algún problema relacionado con dicha pérdida que pudiera influir también en el cáncer. Es decir, hay una correlación que debe ser investigada con mayor profundidad (estudio).

Los niveles bajos de testosterona correlacionan con mayor acumulación de grasa visceral, a su vez asociada con numerosos problemas metabólicos como resistencia a la insulina y con mayor presencia de factores inflamatorios como proteína C-reactiva (estudio, estudio, estudio). Además, la deprivación androgénica afecta a la próstata entera: la muerte celular se produce en tejido neoplásico y también en el sano (estudio).

La suplementación exógena con testosterona se ha revelado, además, adecuada para aumentar la sensibilidad a la insulina y evitar la progresión de la aterogénesis (estudio).

De nuevo, esos factores correlacionan con facilidad para el avance tumoral. Suprimir la testosterona debido a las correlaciones entre su nivel y el avance tumoral no tiene en cuenta los efectos indirectos beneficiosos que aportan al organismo unos niveles saludables.

Si la castración solucionase el problema y el paciente se librara del cáncer sería, por supuesto, una opción a considerar, que dependería de la valoración individual y subjetiva del enfermo. Pero el problema es que no es así: NO representa una cura sino un retraso de la muerte a costa de algo muy valioso y la pérdida de calidad de vida se compensa con una ganancia a veces pequeña en cantidad de vida. Pero lo peor es que, con toda probabilidad, el objetivo terapéutico es ERRÓNEO.

En primer lugar: no hay ni siquiera correlación concluyente entre los niveles de testosterona y el nivel de agresividad de cáncer de próstata. Los estudios preliminares de la influencia de la testosterona (in vitro), que sí parecen inducir proliferación en células tumorales, no se han reproducido en vivo. En realidad el resultado ha sido más bien EL OPUESTO en algunos de ellos: los pacientes con hipogonadismo presentan MÁS riesgo de cáncer de próstata y mayor agresividad tumoral en cánceres ya establecidos (estudio, estudio).

Incluso en pacientes de cáncer de próstata tratados con terapia de reemplazo de testosterona no se ha encontrado avance de agresividad, incluso lo contrario (estudio), pero sí hay sospechas de mayor agresividad tumoral y mayor probabilidad de recidiva cuando hay niveles bajos de testosterona (estudio, estudio).

¿Qué podría estar sucediendo, entonces?

Ya hemos dicho, en el anterior artículo, que los estrógenos se forman a partir de los andrógenos testosterona y androstenediona. La aromatasa los transfoma respectivamente en estradiol y en estrona libre, y la estrona libre se puede convertir en estrona sulfato o en estradiol.

También hemos visto, al estudiar la intracrinología tumoral, que la sobreexpresión de las enzimas que facilitan la conversión final a estrona libre y, sobre todo, a estradiol, aceleran el crecimiento tumoral.

¿Podría suceder entonces que el problema no proviniera tanto de los andrógenos, sino de su exceso de conversión a estrógenos? ¿Podrían las regresiones temporales observadas en pacientes sometidos a castración química de andrógenos estar causadas porque, indirectamente, se produce una reducción de estrógenos?

Los estudios iniciales que parecían otorgar a los estrógenos un papel protector han sido sustituidos por un cuerpo de evidencia cada vez más abundante que sugiere que, además de su evidentemente importante papel fisiológico en el organismo sano, el estradiol-17β es un carcinógeno, y como tal ha sido reconocido (estudio, estudio, estudio).

De ser así, ¿Será más razonable la hipótesis de combatir directamente la excesiva conversión a estrógenos mientras aprovechamos las ventajas metabólicas que demuestran unos niveles saludables de andrógenos? (estudio).

Algunos estudios ponen el dedo en esa llaga, e incluso se titulan de formas provocativas. Por ejemplo, éste: “Estrógeno y cáncer de próstata: una verdad eclipsada en un escenario dominado por los andrógenos”.

Hay un problema adicional: la ausencia de correlación fiable entre niveles de hormonas sexuales en plasma y en el tejido y el posible papel que ejerzan ciertos metabolitos de los andrógenos (mejor dicho, su balance relativo), de igual forma a como sucede con ciertos metabolitos de los estrógenos.

Además, la acción de las hormonas sexuales femeninas no depende sólo del balance de estrógenos, sino de las diferentes “llaves” celulares que estos pulsan: los receptores estrogénicos. Tal y como vimos que sucede en algunos gliomas, en las neoplasias de próstata parece confirmarse que los receptores de estrógenos beta (ERβ) ejercen una función antiproliferativa, mientras que los (ERα) parecen tener efectos contrarios y exacerbar el crecimiento (estudio, estudio).

En el tejido fetal los receptores beta son casi los únicos presentes en la próstata en desarrollo, y los alfa incrementan su número tras la pubertad. Mientras que los beta parecen ser los mediadores del crecimiento durante el desarrollo embrionario, parecen ejercer funciones opuestas cuanto el tejido ha madurado del todo e impiden la excesiva proliferación (estudio).

Los receptores beta presentan varias isoformas, aunque muchos de los estudios se han enfocado tan sólo en la isoforma 1. En general los estudios presentan consistencia al indicar la pérdida de receptores beta durante la carcinogénesis y el papel antitumoral y limitador de proliferación en los cánceres que sí lo presentan, aunque existen ciertas incongruencias y los estudios son demasiado preliminares como para estar seguros de que la cosa sea tan sencilla y polarizada (estudio).

Uno de los posibles mecanismos por los cuales los receptores estrogénicos beta anulan la proliferación es por su capacidad de degradar la HIF-1α, o factor de crecimiento por hipoxia, importante señalizador que estudiaremos más adelante, y relacionado con la peligrosísima hipoxia tumoral (estudio).

Algunos antiestrógenos como Tamoxifeno tienen acciones mixtas en diferentes receptores estrogénicos, que parecen cambiar según el órgano, por lo que, como terapia, su uso debe ser estudiado meticulosamente en cada caso, pero sí parece prevenir el cáncer de próstata, lo cual apuntala la teoría de que los estrógenos participan más activamente que los andrógenos en la carcinogénesis o en la aceleración del crecimiento de cánceres surgidos por otras causas (estudio).

También se ha encontrado un exceso de aromatasa local en el tumor (recordemos que la aromatasa convierte andrógenos en estrógenos), asociado con el incremento de agresividad, que puede conducir a un ratio andrógenos/estrógenos reducido (estudio, estudio).

El ratio desequilibrado de otras enzimas esteroideas dedicadas a la conversión de andrógenos y sus metabolitos pueden estar relacionadas con el crecimiento maligno: 17beta-hydroxiesteroid dehydrogenase (17beta-HSD), 5alfa-reductasa o 3alfa/3beta-HSD (estudio).

Los estrógenos son necesarios para mantener una adecuada salud ósea, por otra parte, así que la reducción drástica de los niveles sistémicos no parece la mejor idea, sólo el mantenimiento de un ratio andrógenos/estrógenos adecuado.

A la hora de estudiar la evidencia disponible la cosa se complica todavía más porque los niveles de hormonas esteroideas en plasma pueden no correlacionar con las del propio tejido sano y neoplásico, que posee, como ya hemos visto, capacidad intracrina, local, para generarlas. Tal vez la disparidad de resultados obtenidos al comparar los preliminares estudios in vitro con los posteriores estudios in vivo, radique en que los primeros validaban el efecto intracrino, directo, en el tumor, mientras que los segundos estudiaban los efectos sistémicos, metabólicos, indirectos, del organismo sobre el tumor.

Los cánceres de próstata tratados con terapia de deprivación androgénica suelen hacerse resistentes a los andrógenos y pasan a ser intratables. El estudio de las células madre tumorales parece indicar que estas carecen de receptores androgénicos y, por tanto, son resistentes a la deprivación de andrógenos, mientras que sí presentan receptores estrogénicos, lo cual abre una interesante vía terapéutica (estudio). Y no sólo es razonable sospechar del papel de los estrógenos en el avance de cánceres de próstata, sino también en su inicio (estudio).

Los “culpables” y el dogma

De entre todo el conjunto de potenciales culpables, que el dogma considera diferentes según el “tipo” de cáncer, comenzamos a vislumbrar que también en el caso de las hormonas sexuales los sospechosos habituales son siempre los mismos, independientemente del órgano que se vea afectado por el cáncer , o al menos no presentan la diversidad que la versión oficial quiere hacer creer: aromatasa, otras enzimas que transforman andrógenos en estradiol y estrona libre, receptores estrogénicos alfa y receptores de membrana de estrógenos (GPR30).

Esos son los objetivos que el principio de Pareto sugiere como más efectivos, si nos enfocamos específicamente en la acción de las hormonas sexuales, y resulta generalmente un hecho transversal en todos los cánceres, y no específico de los que afectan a mama, ovario, útero o próstata.

Además, una cosa será el balance hormonal sistémico, en el que el equilbrio de progesterona, estrógenos y andrógenos parece colaborar con la salud general, al mantener un adecuado metabolismo y un buen sistema muscular y óseo que ayudan a combatir el tumor, y otra muy diferente las particularidades intracrinas y locales del tumor que, como ya hemos visto, construyen un paisaje hormonal específico que ayuda al desarrollo tumoral.

Eliminar la producción sistémica de andrógenos puede impulsar la producción intracrina de todo tipo de esteroides (estudio), y estaremos empeorando la situación al fomentar la acción negativa de dichos esteroides del tumor, mientras a la vez anulamos las propiedades positivas de los andrógenos sobre el resto del organismo.

Causas de deficiencia de testosterona

Si la producción de testosterona (en el hombre) es deficiente, hay que considerar que la causa puede ser primaria, debido a algún problema en los testículos o aun exceso de conversión de andrógenos en estrógenos. En ese caso las hormonas del eje hipotalámico (gonadotropìn releasing hormone, GnRH) y pituitario (hormona luteinizante, LH)  se encontrarán en niveles normales.

Pero el hipogonadismo puede deberse también a un problema secundario relativo a una baja producción pituitaria de LH que no estimula la producción de testosterona en los testículos. La medición concomitante de testosterona y LH determinará el origen del hipogonadismo, porque la combinación de LH alta con testosterona baja parece conducir a un pronóstico aún peor en enfermos de cáncer de próstata (estudio).

El hipogonadismo primario es, por tanto, peor que el secundario, pero eso no justifica el uso en pacientes de cáncer de inhibidores de LH que también verán comprometida la producción de andrógenos. De nuevo, la medicina simplista aísla fenómenos complejos en unidades manejables mediante ensayos clínicos conceptualmente ingenuos que conducen a tratamientos subóptimos o completamente desencaminados.

Que la deprivación de testosterona se alcance mediante la deprivación de LH y eso demuestre que se obtiene un beneficio terapéutico NO demuestra que sea debido a la bajada de andrógenos sino, probablemente, de la hormona que favorece su producción, la LH (estudio). Es necesario encontrar formas mejores de tratar, equilibrando las hormonas de forma más armónica, sin privar al enfermo de los beneficios evidentes de niveles saludables de testosterona.

Otras hormonas del eje pueden influir en el crecimiento neoplásico: los niveles elevados de hormona de crecimiento (somatotropina) pueden aumentar el riesgo de padecer ciertos cánceres como el de colon, aunque probablemente la hormona no sea una iniciadora sino una facilitadora del crecimiento (estudio). El eje hormona de crecimiento-IGF-1 (insulin-like growth factor) es uno de los reguladores del crecimiento tisular, tanto de tejido sano como neoplásico (estudio).

Como ocurre con otras hormonas, no sólo influirá su nivel sistémico, sino que el tejido neoplásico tiene la capacidad de síntesis autocrina de hormona de crecimiento, y esa capacidad  se asocia con peor pronóstico (estudio). Más datos que confirman la necesidad de un abordaje terapéutico dual: sistémico y local.

La influencia de la hormona de crecimiento nos aporta datos que podrían aplicarse, de forma puntual, en función de factores individuales del enfermo, con el uso de inhibidores de hormonas de crecimiento (por ejemplo, su hormona antagonista somatostatina). Lo exploraremos en el apartado dedicado a las acciones prácticas.

Y, por supuesto, la insulina es una hormona anabólica que estimula el crecimiento neoplásico, sea de la estirpe que sea. A lo largo del libro encontraremos pruebas abundantes de que la hiperinsulinemia (asociada con resistencia a la insulina) puede ser el signo más evidente de que un individuo tiene o tendrá serios problemas de mantenerse dicha condición.

Además, se ha encontrado una correlación entre elevados niveles de insulina y bajos niveles de testosterona (estudio): la hiperinsulinemia y la resistencia la insulina favorecen la obesidad (y el incremento de aromatasa), y ambas actúan sinérgicamente para producir menos testosterona. El escenario combinado de hiperinsulinemia, ganancia de grasa (y aromatasa) y bajada de testosterona es una garantía para el desastre.

Abordaje

Con todos estos datos podemos concluir que las acciones prácticas tal vez deban abordarse según una doble perspectiva, al igual que en otros aspectos clave que veremos a lo largo de este capítulo: sistémica y local.

Sistémica, al facilitar la producción saludable y equilibrada de hormonas sexuales (y de otro tipo, claro está), reflejada en un adecuado ratio testosterona/estrógenos y progesterona/estrógenos, que faciliten la lucha antitumoral del organismo sano.

Y local, al usar medidas que impidan la síntesis de estrógenos (y otras hormonas) EN EL TUMOR, otras que sean antagónicas de los receptores estrogénicos protumorales y otras que sean agónicas de los antitumorales.

Acciones sistémicas opuestas a las recomendadas

Respecto de la acción sistémica relativa a los andrógenos, probablemente lo ideal, tanto en cánceres de próstata como en cualquier otro, sea lo OPUESTO a lo que recomienda el estándar: mantener niveles saludables de testosterona, incluso incrementarla en vez de eliminarla, averiguando si los niveles bajos provienen de un hipogonadismo primario o secundario.

Al aumentar el ratio testosterona/estrógenos, se facilitaría el mantenimiento de la masa magra muscular, menor acumulación de grasa, aumentaría la eficiencia metabólica y disminuiría la resistencia a la insulina. Por lo tanto, aconsejar la eliminación de la testosterona en hombres con cáncer de próstata se asemeja al consejo de algunos “prominentes” cardiólogos, que querrían que el LDL fuera “lo más bajo posible”.

Pero el problema no es el LDL, sino las complejas relaciones con OTRAS moléculas que lo transforman en algo diferente al saludable e imprescindible LDL que el organismo NECESITA.

El problema no está seguramente en la testosterona o en el LDL sino en OTROS participantes que transforman esa testosterona y ese colesterol en algo inadecuado, incoherente con la salud y promotor de patologías.

Que los estudios encuentren que la deprivación de testosterona beneficia parcialmente  a los pacientes no significa que ÉSA sea la opción óptima, sino la que ha demostrado ser adecuada EN FUNCIÓN DE MÉTRICAS QUE PROBABLEMENTE NO SEAN LAS ADECUADAS, porque los propios estudios advierten de los serios efectos secundarios que este tratamiento podría acarrear (estudio).

Incidir en solitario en las métricas “cantidad de colesterol”, “cantidad de LDL” o “cantidad de testosterona” es una forma de matar moscas a cañonazos yendo a lo simple, una forma de encontrar métricas vanidosas que justifiquen el uso de fármacos sencillos de desarrollar y de vender basados en ellas, una bajada de brazos llena de pereza intelectual que busca encontrar dianas fácilmente modificables de forma barata y a corto plazo, pero que terminarán por aportar enormes daños al paciente a medio y largo plazo, porque no inciden en lo que realmente importa, en métricas más complejas pero más útiles que midan la mejora en la cantidad y la calidad de vida de los pacientes. De esto no se libra la nutrición y su conteo de “calorías”, usada durante mucho tiempo como vergonzosa métrica única.

Cuando la deprivación androgénica se realiza añadiendo estrógenos entonces el insulto es doble, porque cuando la medicina “científica” se equivoca, se equivoca a lo grande: no es que la medida de reducir la testosterona sea probablemente errónea, es que probablemente la opción más adecuada sea justo la OPUESTA: incrementar los niveles de testosterona y NO usar estrógenos exógenos en ningún caso, remontando así la debacle metabólica, usando si es necesario de forma puntual inhibidores de la aromatasa y otras medidas como ejercicio de fuerza o alimentación adecuada (estudio), mientras atacamos de forma concurrente el paisaje local intracrino del tumor con medidas agresivas basadas en moléculas naturales o sintéticas que actúen SÓLO en el tumor e inhiban las enzimas clave en la síntesis de estradiol.

Tiroides y hormonas sexuales

Existe correlación entre los niveles de hormona tiroidea T3 y los de progesterona, que puede ejercer, como ya hemos visto, efectos protectores al contrarrestar el papel dominante de los estrógenos. El descenso de T3 durante el hipotiroidismo puede conducir a una bajada de progesterona y un exceso de estrógenos (estudio).

A pesar de que los niveles de estrógenos y de T3 correlacionan igualmente, de forma directa, durante el hipotiroidismo (estudio), no sólo importan los niveles absolutos sino relativos, representados en el ratio progesterona/estrógenos. Aunque el nivel de estrógenos sea normal, los bajos niveles de progesterona inducen síntomas similares a los que aparecen cuando hay un exceso de estrógenos (insomnio, retención de líquidos, ganancia de peso, pérdida de deseo sexual, síndrome premenstrual en mujeres, tendencia a la endometriosis, problemas de fertilidad, irritabilidad, depresión).

La progesterona puede ser también detectada en hombres y su origen es adrenal. Las concentraciones de progesterona, DHEA, testosterona y androstenediona correlacionan inversamente con marcadores de obesidad  masculina, como la circunferencia de la cintura (estudio), y su producción se estimula por acción tiroidea (estudio).

A su vez, hay evidencia de que los estrógenos actúan sobre el tejido tiroideo a través de la expresión de los diversos receptores estrogénicos nucleares y de membrana, y regulan su acción hormonal, algo que se sospechaba al comprender que las mujeres sufren en mayor proporción que los hombres de afecciones tiroideas, sobre todo durante la pubertad y la menopausia.

Ellas también suelen estar más afectadas por carcinomas de tiroides y los estudios, a pesar de ciertas inconsistencias, suelen coincidir en que el exceso de receptores alfa (como ya apuntábamos anteriormente) sobre los beta induce mayor proliferación, mientras el exceso de beta sobre los alfa la frena. Los receptores de membrana GPR30 también suelen estar sobreexpresados en los carcinomas de tiroides (estudio).

Las hormonas tiroideas interactúan con los estrógenos a niveles que incluyen la regulación del comportamiento reproductivo y la fisiología. Los receptores de estrógenos y de T3 interaccionan en el núcleo de las células del hipotálamo a nivel transcripcional (estudio).

Pero también interaccionan con los andrógenos y los testículos presentan receptores de hormonas tiroideas: los pacientes con hipertiroidismo presentan mayores niveles de testosterona, relación opuesta en quienes presentan hipotiroidismo (estudio). El hipotiroidismo correlaciona además con elevados niveles de prolactina, que correlacionan con niveles disminuidos de testosterona. Y los niveles de prolactina correlacionan con peor pronóstico en cáncer y resistencia a la quimioterapia (estudio). La prolactina en suero ha sido propuesta incluso como marcador tumoral en cánceres de colon (estudio).

La testosterona, por tanto, no sólo ejercería acciones antitumorales positivas directas, al modular múltiples mecanismos metabólicos sistémicos, sino indirectas, al actuar como antagonista de la prolactina.

Tanto el hiper como el hipotiroidismo correlacionan con problemas de fertilidad masculina por causas bien distintas: exceso de testosterona en hipertiroidismo y defecto en la espermatogénesis en hipotiroidismo. Ambas situaciones presentan serias desventajas en pacientes de cáncer: exceso de hormonas tiroideas que aceleran la proliferación, en el caso del hipertiroidismo, y desequilibrio de hormonas sexuales en el caso del hipotiroidismo, con ratios testosterona/estrógenos y progesterona/estrógenos probablemente bajos, además de guardar una estrecha correlación con mayor riesgo de anemia, que representa un factor pronóstico independiente negativo.

La tiroides es uno de los órganos reguladores maestros del metabolismo, y es uno de los ejemplos más claros de la necesidad de un funcionamiento equilibrado, sin excesos ni defectos. Aunque algunas terapias extremas (que NO recomiendo en absoluto), anulan o incluso destruyen la función tiroidea como forma de detener (temporalmente) al cáncer, no son una cura y acarrean serios efectos secundarios, pero pueden aportarnos datos conceptuales de cierto valor: tal vez sea mejor estar más cerca del hipo que del hipertiroidismo, aunque siempre dentro de un rango fisiológicamente normal.

Pero, ¿Acaso no era el cáncer una “enfermedad genética” y el enfoque metabólico un absurdo?

Intentar reducir la testosterona ES una medida metabólica. Resulta curioso, teniendo en cuenta el empeño de la oncología en considerar el cáncer como una enfermedad “genética” y su desprecio ante las medidas metabólicas habituales.

Pero, al igual que sucede con el uso de drogas antifolato, las medidas que propone la oncología oficial se basan en medidas metabólicas conceptualmente erradas, y se usan tan sólo porque existe una forma sencilla (simplista) de atacarlas usando drogas patentables.

Medidas prácticas razonables

1. Alimentación adecuada

Donde los niveles absolutos de colesterol no son el enemigo sino algo necesario para la correcta síntesis de esteroides. Las grasas de la dieta cetogénica son útiles en ese caso, aunque abordaremos más adelante el complejo papel del colesterol en el cáncer.

Incluir inhibidores de la aromatasa como setas (sobre todo champiñones), y crucíferas será una buena opción.

2. Eliminación de disruptores endocrinos

Hablaremos en otro apartado de los disruptores endocrinos y su peligro. Al desestabilizar el balance de hormonas sexuales, haciendo que prevalezcan los estrógenos, su capacidad carcinogénica potencial es una realidad.

Un carcinógeno no tiene porqué ser mutágeno, sino que puede influir en el inicio de la carcinogénesis mediante acciones metabólicas, como hemos comentado al hablar del estradiol. Ese hecho aclara muchas cosas y quienes “demuestran” que los disruptores no son mutágenos y, por tanto, no pueden ser carcinógenos, no saben del todo de lo que hablan.

Eliminar conocidos disruptores endocrinos del ambiente doméstico es una buena medida cuando alguien padece cáncer.

Debido a estas afirmaciones, que mancillan la Verdad de su religión, los pseudoescépticos pueden pasarse por mi despacho a insultar cuando quieran: los recibiré como se merecen.

3. Ejercicio de fuerza.

Hablaré extensamente del ejercicio físico en otros artículos, pero de momento resaltemos la importancia de mantener la fuerza y el tejido muscular, de evitar la sarcopenia y de mantener niveles adecuados de testosterona. NADA permite alcanzar esas metas mejor que el ejercicio de fuerza.

4. Acciones locales contra el paisaje intracrino tumoral.

Es un tema de gran complejidad, pero el uso de inhibidores agresivos de la aromatasa como Tamoxifeno (o quizás incluso estriol), a dosis estándar o metronómicas, debería considerarse. Hay casos de pacientes de glioma o cáncer de próstata que se han beneficiado de un uso racional de esas medidas, concomitantes con otros tratamientos estándar.

Otras moléculas podrían ser también de utilidad, aunque la evidencia, como siempre, no es muy abundante, y usarlas implica asumir una evidente y voluntaria incertidumbre, propia de adultos informados: genisteína, resveratrol liposomado, prostasol, letrozol, ácido aspártico, niveles adecuados de retinoles, calcio D-glucarato, yodo, inhibidores de la 5-alfa-reductasa… la lista es grande, y la estudiaré en profundidad en el libro Cáncer Integral, en el apartado dedicado a las acciones prácticas.

Conclusión ¿Qué harían los oncólogos si tuvieran que evitar una plaga de incendios?

Como ya he dicho, el tratamiento del cáncer de próstata me recuerda al de las enfermedades cardiovasculares, enfocadas en métricas únicas (testosterona, colesterol) de forma simplista, pero que pueden ser accionables con facilidad con medidas drásticas, que cuentan “con evidencia” y que implican fármacos fácilmente testeables.

Si quienes proponen dichas medidas fueran los encargados de solucionar el problema de los incendios en los bosques, habrían hecho pruebas donde se talasen TODOS los árboles.

Las pruebas habrían aportado evidencias sólidas y concluirían, con alto grado de certidumbre: “Hay fuerte evidencia de que si talamos la mayor cantidad posible de árboles de los bosques (llegando idealmente a la cantidad 0) erradicaríamos los incendios en los bosques”. Y al revisar sus conflictos de interés tal vez descubriríamos que habrían recibido “ayudas” de los vendedores de motosierras.

Y cuando uno intenta hacer ver que ese enfoque es DESCABELLADO, quizá obtenga un emoticono condescendiente y una sonrisilla despreciativa: “La evidencia no engaña, lo siento. Si tu idea es usar chamanismo o velas negras has venido al sitio equivocado. Aquí usamos el método científico”.

Sí, la “lógica” cruda de ese tipo de estudios es impecable, pero cuando el método científico se convierte en simple metodología burocrática y no va acompañado de una MENTE científica, la ciencia se convierte en una aberración destinada a hinchar egos y carreras, no a desembocar en un mejor entendimiento de la realidad.

Una aberración que no sufrirán quienes la perpetran sino quienes más necesitan de ella: los enfermos.

Nunca en la historia los títulos académicos han servido para ocultar de forma tan perfecta la estupidez (y el sesgo y la mediocridad y, a veces, la mezquindad) absolutas.

10 Comments

  1. Iñaki Barinaga 13 diciembre, 2019
    • Alfonso Fernández 13 diciembre, 2019
  2. Pablo Ojeda Jiménez 13 diciembre, 2019
    • Alfonso Fernández 13 diciembre, 2019
  3. Ana Maria Siles Fernandez 15 diciembre, 2019
    • Alfonso Fernández 15 diciembre, 2019
  4. Mario Madera 16 diciembre, 2019
    • Alfonso Fernández 16 diciembre, 2019
  5. Pingback: Caquexia y cáncer. Tratamiento de la caquexia 19 diciembre, 2019
  6. RAMON BOLAÑOS JIJÓN 12 enero, 2020
    • Alfonso Fernández 12 enero, 2020

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